Regreso de entre la penumbra. Pekín vuelve a su deliciosa rutina instrascendente. Cansa mucho ser la capital del mundo y la resaca tiene pinta de antológica. Además, casi todos los invitados a la fiesta ya se marcharon, con despedidas sonadas. Leí por algún lado que había un hombre muy-muy anciano, que iba perdurando a todos sólo guiado por la esperanza de ser el último en apagar la luz y cerrar la puerta. No es una mala imagen de lo que acontece por aquí en estos días.
A pesar de esta sugerente idea, debo a Hong Kong una entrada, la última de las vacaciones de agosto. Hace ya dos semanas que regresé de este viaje, por lo que he podido enfriar la quemazón: Hong Kong es un lugar apasionante, moderno y -hermosamente- comprensible.
Hong Kong mezcla bien con todo: chinos, occidentales, modernidad, historia, tradición, rareza. Tan cosmopolita como localista, tan especial como visualizable. Esta "región administrativa especial" de China que fue colonia británica hasta 1997 guarda lo mejor de cada casa, y no es un doble sentido. Indudablemente 'british', con un interesante perfume de esencias chinas que no corrompe su espíritu, Hong Kong es como a uno le gustaría que fuese China.
Ya se lo debió ver venir el expresidente chino Deng Xiaoping cuando los ingleses la devolvieron y tuvo que apelar a eso tan cogido por los pelos de "un país, dos sistemas". Deng, torpe para otras cosas (ya saben, Tiananmen 1989 y tal), intuyó que Hong Kong no es China y, lo que resulta más hilarante, que no tiene puñeteras ganas de serlo. Así que unas islas y penínsulas meridionales resisten, como la aldea gala, el empuje mandarín, sin otra poción mágica que el estupendo caudal de dinero que producen. Los tentáculos pekineses, ávidos, se conforman de momento con un diezmo razonable a cambio de tranquilidad y aduanas propias.
¿Cosas buenas de Hong Kong? El inglés. La tecnología. La higiene. Internet abierto y accesible. La policia es inapreciable Que es bonito. Casi nadie fuma en cuclillas. Los niños llevan pañales. Los quioscos juntan prensa internacional y pornografía local. Pocos trajes de cuello Mao, poco verde militar. Unos billetes divertidos, casi de Monopoly. Manifestaciones en las calles. Tiene un mar que vertebra la ciudad, bellísimo. Un 'skyline' de miedo. Aire razonablemente limpio. La libertad y eso.
Todo funciona, menos mi escaso mandarín. Más de 3.000 kilómetros al sur se habla cantonés. "Pues tampoco deber ser tan distinto..." Sí, lo es. Hola no es "ni hao" y a partir de ahí el drama está servido. Luego los andamios de decenas de metros de caña de bambú atada caseramente no sé si entran en la categoría de "étnicos" o de "suicidas".
Como centro cultural de oriente por antonomasia, Hong Kong tiene su propia producción artística. En cine, el malogrado Bruce Lee salió de allí, al igual que el omnipresente-y-todavía-no-malogrado Jackie Chan. También son culpables de gran parte del pop mandarín, que resulta poco apto para diabéticos de lo dulzón de sus melodías.
Por otro lado, tuve la suerte de pasear por allí con un tipo que amaba la ciudad incluso antes de conocerla. Un visionario, o un friki, depende de como se mire. Yo soy más bien de la primera opinión.
De su mano conocí la historia de Kowloon y su ciudad amurallada, el imperio de la mafia china cuando los británicos gobernaban la isla. Un reducto de 100 metros de largo por 200 metros de anchi en el que vivieron más de 30.000 personas, la densidad de población más alta de la historia de la tierra Un reducto de sombras -calles de un metro de ancho, ninguna luz exterior- gobernado por el evocador Sindicato del Crimen.
Al otro lado del Mar de la China Meridional (aunque suene enorme, hay cinco minutos en ferry) se alza majestuosa la Isla, el perfil que todos piensan de Hong Kong. Rascacielos, mármol, centros comerciales enormes, sedes de grandes empresas y clubs exclusivísimos -o no tanto, que con cara occidental y pagando, pasa cualquiera-. Eso que alguien llama la "Capital de Asia-Pacífico". Resulta curioso que las dos mayores capitales posmodernas sean precisamente ciudades sin poder político concreto: Nueva York y Hong Kong.
Pekín, en cambio, lleva albergando poder desde hace siglos. A pesar del maquillaje olímpico, es elefantiásica, de movimientos enquilosados, muy estática. Otro mundo.
De todas maneras, al coger el avión de regreso me embargó una extraña tranquilidad de espíritu, a pesar de la adrenalina palpitante. La ciudad me encantó y al marchar, una especie de certeza, inexplicable, de que volvería a pisar la ciudad.