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La Coctelera

(sudando) tinta china

aventuras y desventuras de un becario en Beijing

Categoría: chinadas

4 Noviembre 2008

Agenda

No debe ser tan sólido el vínculo cuando la lista de amigos perdidos es siempre mayor que la de amigos conservados

Hay veces que Pekín parece un erial. Es complicado de entender, así que un ejemplo puede explicarlo: basta con tener un móvil cerca. Bueno, rectifico: basta con tener un móvil cerca, llegar a una ciudad en plena fiebre preolímpica y decidir quedarte no sólo a la resaca post-olímpica, sino también cuando toca fregar los platos tras la fiesta.
Empecemos. Se enciende el aparato. Se teclea "Agenda", apretando posteriormente "Select". Con la A aparece Alberto, que vino unos días a retratar los Juegos Olímpicos y regresó a España. También Amaury, un francés que se tuvo que ir antes de hora porque los amables funcionarios del Buró de Seguridad Pública chino no le renovaban el visado. Borja lidera la B, con un improvisado partido de futbol y la invitación para ir a la competición olímpica de voley-playa como grandes recuerdos de su fugaz Pekín. En la C, Carmen, de Pekin a Santiago pasando por Mallorca; con la D, Diana, que a saber dónde está. E, F, G, H, I, e ir sumando. Los hay en la J, en la K, en la L, M, N. Falta la Ñ, que por aquí no se estila mucho. Repasando datos, van pasando hijos de Mao e hijos de Putin, hijos del sushi, de la pizza y de la paella, hijos de la Volskwagen y de la Renault, y hasta hijos de la gran chingada, o de la concha de (su) madre. El último de la lista, empezando por la Y, es un tal "yo", de los momentos tristes en qué no sabía mi número y lo iba enseñando cual autista sordomudo.
En total, más de la mitad de los contactos que guarda mi lamentable móvil chino -el modelo más barato que había, para qué negarlo- ya no son útiles. Gente que, por mil razones, ya no coge la bicicleta por Pekín. Se cansaron, los echaron o nunca pensaron quedarse.
Quizás debería plantearme empezar a borrar nombres. No creo que la mayoría regresen en 2009.

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22 Septiembre 2008

Drama de proporciones lácticas

Shijiazhuang. Quédense con el nombre, porque a mi me ha costado. Hoy tocaba visita fugaz a esta ciudad, situada a unos 300 kilómetros al suroeste de Pekín. Este rinconcito de mundo -más de ocho millones de habitantes- lleva más de una semana centrando la atención en China.
Acostumbra a pasar que siempre se recuerda al primero, y eso fue lo que le sucedió a Shijiazhuang, que fue la ciudad dónde estalló el escándalo de la leche infantil en polvo adulterada, con la marca Sanlu comiéndose el marrón. Luego han venido más ciudades, más marcas y más contaminaciones: leche líquida, yogures, pero la capital oficial del follón es Shijiazhuang.
Así que, corto y perezoso, he montado en un bonito tren a mi destino, con todo el equipo adyacente de enviado especial: ya saben, cámara de porno doméstico y tal. El paisaje era bonito hasta que me he quedado dormido, así que detalles panorámicos, poquitos. Me ahorro las explicaciones con la burda técnica de incluir la pieza redactada, pero llevo días durmiendo poco y mal.
Sobre la contaminación de la leche, queda poco más que decir. La vergüenza es patente entre todos los hijos de Mao y los hijos de otros. Tengo la suerte de (casi) no tomar leche desde hace años, a pesar de los problemas paterno-filiales que la negativa creó en su momento, pero con el yogur me han tocado la fibra sensible. Una de mis aficiones en China es la garrafa de yogur líquido, versión dos litros, excelente contrarrestador de excesos estomacales. A estas alturas debo tener los intestinos y riñones forrados de plástico. En fin.
Sin embargo, adulterar la leche infantil con productos tóxicos es de hijodeputa, así con todas las letras. Ocurrió antes con la gripe aviar, con juguetes contaminados de plomo y con decenas de casos más y lo peor es que sabes que volverá a pasar.

- Y de regalo, un pack de productos lácticos "made in China". ¿Hace un 'capuccino' en el Starbucks? Total, el café ya es infame de por sí...

CHINA-INTOXICACIÓN (crónica)
Shijiazhuang intenta recuperar la normalidad con el retorno de los últimos lotes adulterados

Los habitantes de esta ciudad de más de ocho millones de habitantes, a 280 kilómetros de Pekín, están poco acostumbrados a recibir visitas de occidentales. Por eso, cuando uno se sube al primer taxi y simplemente pronuncia la palabra 'Sanlu', el conductor se limita a sonreír y, cuando se le pregunta, responde lacónico: 'Sí, hay algunos problemas con la leche'.
La planta del grupo Sanlu, empresa china pero con un 43 por ciento de capital neozelandés, se encuentra en pleno centro de la ciudad y el trajín de personas entrando y saliendo es constante. Según los datos oficiales, la industria ya ha recuperado casi la totalidad de las 8.910 toneladas de leche materna en polvo contaminada, pero los clientes continúan acercándose a la fábrica para devolver cajas de leche líquida y de otros productos lácteos.
Bien organizados, en una mesa de madera junto a la puerta de la fábrica, empleados de Sanlu toman los datos y les devuelven el importe de la compra. En el patio de la planta, los trabajadores se afanan en apilar y clasificar los lotes sospechosos y cargarlos en camiones. Todo este proceso se lleva a cabo bajo un sol de justicia y, lo más sorprendente teniendo en cuenta la tradicional restricción comunicativa china, sin poner pegas a los medios de comunicación. Tras anotar los datos en un papel y comprobar la identidad, Sanlu abre todos los rincones de la planta para que el periodista puede comprobar la transparencia del proceso.
Este hecho contrasta con la ocultación del escándalo por parte de las autoridades chinas, que sólo lo hicieron público después de los Juegos Olímpicos y de contabilizar la muerte de cuatro bebés. En los alrededores de la planta, la presencia de agentes del orden es notoria y los consumidores prefieren pasar desapercibidos.
Sólo una abuela, con un par de paquetes de leche infantil en polvo, rompe el silencio cuando abronca a los empleados y señala a su nieto, que el marido aguanta en brazos. 'La leche lo ha enfermado', asegura Jin, mientras los empleados intentan apaciguarla y un policía se coloca disimuladamente delante del objetivo de la cámara. Este bebé sonríe, pero se calcula que en la provincia de Hebei están ingresados 6.000 de los cerca de 13.000 niños hospitalizados por la melamina, un compuesto plástico que da mayor consistencia a los líquidos y, al ser rico en nitrógeno, puede engañar a los detectores del nivel de proteínas.
Así, se calcula que más del 20 por ciento de la leche infantil china está mezclada con esta sustancia, entre ellos Sanlu y Yili, patrocinadora de los Juegos Olímpicos de Pekín, y otras 20 firmas lácteas. Hasta hace escasos días, Sanlu era considerada un 'modelo de producción' por autoridades y medios de comunicación chinos, por lo que estaba exenta de pasar controles de calidad. La presidenta y directora general de la compañía, Tian Wenhua, y el alcalde de Shijiazhuang, Ji Chuntang, ya fueron destituidos de sus cargos, y hoy también ha dimitido el máximo responsable nacional de Seguridad Alimentaria, Li Changjiang.
El escándalo se produce después de que en 2007 Pekín prometiera tolerancia cero y controles de seguridad máximos en sus productos, a raíz de la oleada de casos de alimentos y medicinas contaminados tanto en el mercado nacional como en exportaciones al extranjero.
La leche de vaca es un producto poco consumido en China y Pekín inició hace menos de una década una fuerte campaña para promocionar el producto entre sus ciudadanos, por lo que todavía está por ver la repercusión que tendrá el escándalo entre la población.
De hecho, no son pocas las ocasiones en las que la leche se usa como regalo especial para familiares y amigos y es embarcada como equipaje en vuelos comerciales o viajes de largo recorrido en tren. Si se tiene en cuenta este dato, la esperanza para los productores lácteos chinos sigue viva: el tren de vuelta de Shijiazhuang a Pekín llevaba varias cajas de leche, adornadas con lazos y los mejores deseos.

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21 Agosto 2008

Mucha coca-cola y poco jamón

A pocos les sonará el nombre de "Merchandise 7x". Es cierto que no se trata de una formulación muy atractiva, pero esconde detrás la marca más conocida del mundo y, si me apuran, toda una cultura. Merchandise 7x es la denominación oficial de aquello que todo el mundo conoce como "el ingrediente secreto de la Coca-Cola", la guindilla de la fórmula secreta más millonaria que el bueno de John Pemberton se sacó de la manga de su bata de farmacéutico en 1886. Grande Pemberton, grande también la wikipedia.
Esta introducción nació hace escasos segundos, cuando mis dedos toscos provocaron el chasquido de la ¿tercera, cuarta, quinta? lata de cocacola de hoy. Los Juegos Olímpicos y sus divertidos horarios elásticos de trabajo -es un decir- empiezan a hacer mella en el gremio periodístico becarial pekinés.
Quizás sin darme cuenta del todo, la lista de vips conocidos empieza a ser digna del mitómano deportivo más pajero y del mayor aficionado a la prensa rosa: Michael Phelps cayó ayer y no, no me pisó. También estaban Ian Thorpe y Alexandar Popov, leyenda viva. Sí que me perdí a Rafa Nadal -niño bonito de TVE, aspiración imposible del resto- y hoy tuve que renunciar a Lebron James porque ya no daba abasto.
Entre medias mi relación con la realeza española empieza a tomar tintes demasiado amistosos: se fueron Letizia y Felipe y me faltó tiempo para tener que seguir a la Reina Sofía (impagable momento de un compañero, micrófono en mano: "¿Cómo la llamo? ¿Reina? ¿Señora?"). Cuando atina a verme a metro y medio de su cara, creo que el abuelo Samaranch ya me hace un gesto de complicidad extraña, aunque quizás sea producto de mi imaginación y de sus leves temblores faciales.
Mientras tanto, he reanudado mi afición a los estudios sociológicos patilleros. La conclusión es clarividente: los Juegos están muy bien organizados y los chinos son muy incomprensibles. Suena triste pero tampoco se puede esperar mucho de las hordas de juntaletras que se las dan de periodistas curtidos en mil batallas de todo el mundo y se abalanzan sobre la primera bandeja de jamón que sale de la cocina de la Casa de España.
Les pongo en situación: "Sí, sí, Pekín me encanta. Está muy bien montado. Lo de Atenas fue un caos, como Atlanta. Todo es cojonudamente barato. He comprado kilos de camisetas y anoraks en el mercado ese de baratijas. Los chinos son la ostia, pero no hablan nada de inglés, sólo chino y no se entiende nada. ¿Tú vives aquí, no? ¿Y cómo lo llevas? Esto debe ser raro de cojones... Chaval (al camarero chino que pasa por ahí), trae más jamón y una cañita". Cara de perplejidad del joven hijo de Mao. "Ves, lo que te decía: que quiero guan bíar y guan jamón. Díselo en chino tu que sabes".
Esto de la "Casa de España" es un sitio curioso: supuestamente se trata de eso, del lugar de reunión de la delegación española en Pekín, habilitado especialmente para los Juegos Olímpicos. Un lugar donde alternar -bonito verbo- con presuntos compatriotas y que a la práctica se ha convertido en un refugio gastronómico al que todo el mundo intenta hincar el diente, periodistas y
cualquier espabilado que pase por allí. Hoy que contado al menos un centenar de polos rojos con la banderita española que no eran atletas, ni periodistas ni diplomáticos y que no se iban de allí ni con agua caliente. La comida de los hijos de Mao es complicada, vale, y el shock cultural resulta fuerte, de acuerdo, pero por favor, llevan ustedes menos de dos semanas en China. "Ya, chaval, pero es que como en España no se vive ni se come en ningún lado". He ido a mirar por las esquinas, pero no he encontrado todavía la pandereta y la zambomba. Tampoco descarto que aparezca Manolo Escobar. Quedan sólo cuatro días. Tengo sueño.

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19 Agosto 2008

Unos tanto y otros tan poco

Michael Phelps y Liu Xiang encarnan las dos caras de los Juegos de Pekín. A pesar de que tiene toda la pinta de que China va a ganar en el medallero olímpico por primera vez en la historia -hoy tímidamente ya se empieza a insinuar el orgullo patrio en los medios mandarines-, Phelps es la rostro de la gloria de Pekín. Su cara de paleto, su cuerpo amfibio y la sonrisa amplia repitieron en lo más alto del podio en ocho ocasiones en otros tantos días. Si Phelps fuera un país, iría octavo en el medallero, por delante de Italia, Francia y esa potencia deportiva de nuevo cuño llamada España.
No obstante, para los hijos de Mao, los Juegos Olímpicos de Pekín tenían, antes de empezar, dos rostros: Yao Ming y Liu Xiang. Yao porsu proyección universal en la NBA y como emblema del equipo chino, pero sin apenas opciones de subir al podio. De hecho, recuerdo que en un breve aparte que pude tener en Nanjing con Jonas Kazlauskas, el lituano entrenador de la selección china de baloncesto, el tipo se echó a reir cuando le pregunté por una hipotética posibilidad de medalla.
Ante eso, Liu Xiang era la gran esperanza amarilla ante el mundo Se pueden sumar decenas de medallas en gimnasia, en halterofilia, en ping-pong y en saltos de trampolín, pero él era el único chino que ha ganado en pruebas de velocidad de atletismo, una 'rara avis' en el coto privado de fornidos tipos negros, la imagen antropomórfica del gigante que aspira a dominar. Hace tres meses ya hablé de sus dudas razonables: es complicado correr 110 metros y saltar diez vallas cargado con una mochila de 2.600 milllones de ojos mirándote.
Liu, el tipo de la sonrisa encantadora, el que mejor queda en los anuncios publicitarios, el yerno perfecto, no ha podido correr, o no ha querido, o quien sabe. Su entrenador, Sun Haiping, salió en rueda de prensa y todas las televisiones del país cortaron la programación para retransmitirla. El tipo -un chino malencarado y con fama de soberbio- se echó a llorar como un niño pequeño. Quizás no se sorprendan, pero que un hijo de Mao curtido en mil batallas llore en público es inaudito. Aquí la lágrima del dolor acostumbra a ser íntima, o al menos, no excesivamente abierta.
Nada de esto se sabía a las 11.50 horas de la mañana del martes, cuando Liu tenía que debutar en la ronda clasificatoria. Esta vez no pude verlo en directo, pero la impresión no fue menor: me encontraba en el Olympic Green, la zona adyacente al estadio El Nido, un área de paseo cerrado por la que hay que cruzar para acceder a la mayoría de recintos olímpicos.
Veinte metros fuera del estadio, las reacciones del público se oían como si estuvieras dentro y procedimos a grabar el sonido ambiente (es lo que tiene carecer de derechos de retransmisión). Imaginen la línea temporal: a eso de las 11 y 40 el estadio retumbó por la salida de los atletas. A las 11 y 48 se presentaron los corredores, con la aclamación unánime de uno sólo, que iba a correr por la calle dos. Después se hizo el silencio y, de repente, un "oooooooooh" prolongado. A las 11 horas, 50 minutos y 15 segundos, los primeros chinos salían escopeteados con caras largas. Fuera, desconocedores de lo que había pasado, tuvimos que preguntar. "No, Liu no se ha clasificado. Ni tan solo ha corrido". Joder. Drama nacional.

Aprovechamos para encuestar a los chinos en su apresurada salida: ¿pena, decepción, odio? Pues no, el sentimiento primario era de lástima. Agarramos a un 'hooligan' emocionado que acabó su entrevista levantando el brazo mientras proclamaba "No llores Liu Xiang, no llores China" para luego pedirme una foto. Sin embargo, la mayoría de hijos de Mao recuperaron su mejor estilo estoico poniendo cara de por-aqui-hemos-aguantado-emperadores-y-hambrunas-llevamos-60-años-de-partido-único- y-lo-que-te-rondaré-morena. Además, a estas alturas llevan ya 40 oros y han encontrado nuevos héroes a los que adorar. Los telediarios nunca engañan: en la primera noticia se lamenta el fracaso del ídolo caído, pero la segunda ya glosa la vida de los flamantes campeones, con el himno de fondo y el orgullo renovado. Mientras en las pausas publicitarias, ya empiezan a asomar los rostros de las nuevas estrellas mientras que los carteles del 'yerno perfecto de China' están hoy un poco más descoloridos que ayer. El deporte es "asín", amigo Liu.

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10 Agosto 2008

La capital del planeta

Puede sonar presuntuoso, pero déjenme pasar lista: jefes de Estado y de gobierno de más de la mitad de los países de la Tierra, 10.000 atletas -los más altos, rápidos y fuertes, por tierra, agua y aire-, más de un millón de fuerzas de seguridad, 30.000 periodistas, casi 500 televisiones y el resto del mundo mirando hacia aquí.
Se hace raro, que quieren que les diga. Con lo cómodos que vivíamos siendo el culo del mundo. Me gustaría hablarles de lo bonita que está la ciudad y de lo apasionante que es vivir los JJOO en directo, pero me temo que el tema está complicado.
Haciendo unas cuentas así por encima, llevo más de cien horas trabajadas en siete días, una media que roza el esclavismo pero que, en mi mejor estilo masoquista, no me sabe mal. Con momentos enormes y con tonterías más grandes todavía, haciendo temas útiles y otros simplemente por obligación. Eso son los Juegos: un montón de cosas que pasan mientras el mundo aplaude y mira las repeticiones por la tele. Y ahora que lo pienso, yo he visto pocos Juegos por la tele.
Los dos únicos momentos de tranquilidad fueron la ceremonia de inauguración -menuda paja mental de Zhang Yimou, trote aéreo a cámara lenta de Li Ning incluído- y un partido de baloncesto entre China y USA, que ni ha sido partido ni ha sido baloncesto.

- Clase de titulares grandilocuentes (todos reales): "China explota", "El gigante que no estaba dormido" y mi favorito "Pekín ilumina a la humanidad"

Entre medias, he conocido atletas españoles, brasileños, venezolanos, cubanos y mexicanos, medallistas, príncipes, ministros, expresidentes, bebés afortunados y otra gente de esa calaña.
Esta semana, además, ha sido rica en actividades extradeportivas: una invasión militar mientras inauguraban los JJOO, unas protestas en Tiananmen, un perturbado acuchillando americanos y un par de atentados uigures en el otro lado del país. No sé si me dejo nada. Ah si, esperen. Los propios chinos disparando un millar de cohetes a su cielo para disipar las nubes del viernes. Consiguieron aplazar la lluvia hasta esta tarde, que ha decidido empezar a caer de golpe y trastabillar los calendarios previstos.
Así que, sin ser especialmente agorero, se puede adivinar que los (quizás) "mejores Juegos Olímpicos de la historia" penden de un hilo poco estable. A pesar de que se ha salvado un 'match-ball' en la apertura (¿quién no había pensado que un monje budista saltaría al campo?), la sensación es de follón latente.
Por suerte, los deportes parece que han tomado la iniciativa. Un asturiano simpático ganó un oro cuando nadie daba un duro por él y China se está disparando en el medallero y las columnas de opinión banal ya tienen el tema de la nueva superpotencia deportiva para llenar líneas. Con eso, el calor y la contaminación, ya les llega para varios días.
Además, los grandes líderes mundiales ya se van retirando: Sarkozy sólo vino para unas horas para que no tuvieran tiempo a atizarle, Putin se despidió el sábado para terminar no se qué en Osetia del Sur, Bush se va hoy después de haberse fotografiado con el equipo femenino de voley-playa y la princesa Letizia también se volvía a Mallorca a por los niños.
Por eso, el estoico grupo de extranjeros residentes en Pekín -por favor, no se nos confunda con las horas de acreditados que se pasea impunemente por las calles pekinesas estos días- confía en recuperar la normalidad poco a poco. Ya saben: añoramos volver a ser aquel país cerrado, opaco, en el que nada pasa y que sólo sale en los periódicos por la férrea dictadura y en las televisiones porque un hijo de Mao cualquiera ha batido el récord guiness en comer sopa de tortuga boca abajo mientras se afeitaba el sobaco oyendo música de Tchaikovsky.

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6 Agosto 2008

Acredítame, acredítame mucho

Paren máquinas: esto todavía no ha empezado. ¿De verdad? Pero si ya ha habido un atentado al noroeste de China, una manifestación cerca de Tiananmen, unas pancartas de Tíbet libre colgadas al ladito del Estadio Olímpico, otro terremoto en Sichuan, un tifón suspirando cerca de Hong Kong y un montón de cosas pequeñas que obligan a jugar al corre-corre-que-te-pillo con los taxis durante todo el día... Si todo fuera eso. Pegado al teléfono móvil: un diálogo, pongamos, inventado.

- Vengo de la Villa Olímpica y voy a la embajada de Venezuela. Después regreso al Nido para volver a la oficina cuando acabe, que me han pedido una crónica de radio desde Madrid. Llevo la grabadora, la cámara de vídeo y la cámara de fotos.
- Vale. Yo estoy en un hotel con una asociación ecologista, pero luego tengo que ir a Tiananmen que pasa la antorcha por ahí y después me acercaré al Ministerio de Exteriores porque el ministro español se reúne con el chino.
- Guay. ¿Llevas todas las acreditaciones?
- Llevo el pasaporte, la tarjeta de prensa del Gobierno y el pase del Media Center.
- Bien, pero para grabar la antorcha había que pedir otra acreditación separada.
- Sí, tranquilo, la pedí anteayer.
- Pero la de anteayer sólo valía para ayer, porque caducan a las 24 horas.
- M...

Pues eso. Que estos días Pekín parece un granja de animales. No me malinterpreten: también hay atletas, pero, a poco que sea alguien, todo el mundo -repito: todo el mundo- lleva colgando del cuello una identificación: sea periodista, deportista, diplomático, policía, traductor, voluntario o aparcacoches a tiempo parcial. Todos marcados, como los niños cuando suben a un avión, como las vacas cuando van al matadero.
Los hay que directamente fardan de ella. Las acreditaciones más codiciadas (las de color amarillo, que abren casi todas las puertas) lucen brillantes en la pechera, como un trofeo, tanto de día como de noche. Algo así como los cinturones de artes marciales: "Yo soy un tío importante porque mi plástico es amarillo. Tú eres un súbdito porque el tuyo es blanco". Así la pierdas, cabronazo.
No hace falta especificar a qué grupo pertenezco: con recordar mi condición laboral se adivina fácilmente. Ello obliga a tener que gastar cada día una cantidad ingente de tiempo en trámites burocráticos. Alguna vez ya conté lo aficionados que son los hijos de Mao a las listas interminables de papel para todo. Así que los "blancos" -nada que ver con el color de la piel, ya que la mayoría de blancos de piel son amarillos de plástico, y viceversa- andamos mendigando acreditaciones para todo.

Nadie es capaz de hacer una lista conjunta de datos. Para qué. He dado mi número de pasaporte y de tarjeta de prensa a diez organismos distintos -¡y todavía no hemos empezado!- y lo peor es que no hay ninguna certeza física que vaya a servir para entrar dónde quiero. Desde el lunes, las autoridades chinas entretienen a los periodistas con un juego novedoso: se llama "adivina la puerta por la que podrás entrar a cada sitio" y se trata de una carrera de obstáculos en la que a la meta hay un premio en forma de rueda de prensa insufrible.
Entre los mayores retos, está el superar tres cordones policiales consecutivos, eludir dos controles de metales con dos teléfonos móviles, llaves, portátil, reloj, cinturón, acreditaciones en el bolsillo, recorrer una caseta de voluntarios involuntariosamente torpes y hacerle entender al taxista que un coche de policia en una esquina no obliga a parar subitamente. Si fallas en cualquier prueba, date por muerto: no lograrás pasar.
Hablando con los recién llegados a Pekín, todos comentan lo bien organizado que está todo. "Da gusto con los chinos". De aquí a dos días les volveré a preguntar.

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4 Agosto 2008

La cancioncita de marras

Este viernes empiezan por aquí los Juegos Olímpicos más polémicos de la historia. Será una cita histórica, para bien o para mal. Verbigracia: hoy lunes, ha explotado una bomba en la frontera china de Kashgar matando a 16 agentes de aduanas y ha habido un conato de manifestación cerca de Tiananmen, en el mejor estilo 'remember' de follones apoteósicos chinos. En fin.
Estos acontecimientos provocarán invariablemente más seguridad. Aunque parece complicado -hay datos que cuentan que ahora mismo en Pekín hay cerca de un millón y medio de fuerzas de seguridad, contando policia, ejército, protección civil y servicios de espionaje (barrenderos y jubilados, entre otros). Así que aproximadamente tocamos a un agente por cada diez habitantes, cifra nada desdeñable, y aumentando. Pero, manías mías, con tanto señor uniformado uno tiende a sentirse menos seguro. Lo que antes era divertido -pongamos, cruzar una avenida de seis carriles con el semáforo en rojo-, ahora es una sucesión de miradas de alerta y hasta hay quien levanta un banderín impidiéndote el paso. Indignante. Esto con Mao no pasaba.
Por todo ello, todos los hijos del nuevo Pekín se afanan a recordar que la ciudad te da la bienvenida. Y lo hacen con una canción que va camino de batir todas las marcas personales de odio y rencor imaginables, presididas en su momento por melodías como Papichulo, Azúcar Moreno y -como olvidarme- El Canto del Loco. Se trata de "Beijing Huangying Ni" -comparte nombre con las no menos deleznables mascotas olímpicas- y suena tal que así:

Los cantantes que aparecen en el vídeo, cerca de un centenar, son muy famosos por aquí. Lamentablemente, la cultura musical autóctona china que atesora este blog es ínfima: no me saquen de Jackie Chan, y porque el tipo no es cantate. Como en una producción de Globomedia -ya saben Médico de Familia y esas cosas-, hay cantantes para toda la familia: maduros interesantes, divas veteranas, niños odiosos, grupos raperos rebeldes y pizpiretas postadolescentes de voz aflautada.
Todos ellos, repartidos por los rincones más emblemáticos de Pekín: aparece el Templo del Cielo, la Ciudad Prohibida, el Parque de Beihai, el Nido de Pájaros, el nuevo aeropuerto y alguno más que no supe reconocer. De todo estos lugares, misteriosamente, han borrado todo rastro de vida cotidiana. No fuera a ensuciarles el vídeo un hijo de Mao estándar, escupiendo en bermudas, calcetines blancos y mocasines.
El vídeo alcanza su punto culminante cuando el reconocido intérprete -me niego a poner cantante- Chan Kong, más conocido por allá como Jackie Chan, trepa por la Gran Muralla y entona el estribillo "Bei-jing-huang-ying-niiiiiiiiiii".
La melodía en sí es simpática, no lo niego. Tiene un rollito oriental interesante y, bueno, simplemente las hay peores. Pero el tema alcanza proporciones psicopáticas cuando la oyes decenas de veces al día: en cualquier pausa publicitaria de la televisión, en la cola de facturación del aeropuerto, en la radio del taxi, en las pantallas del supermercado, en la megafonía de un estadio, en las ruedas de prensa. Mantengo la teoría que la canción contiene algún tipo de mensaje demoníaco que penetra en el cerebro del oyente para, una vez dentro, reproducirse infinitamente hasta provocar la explosión craneal, o una cefalea intensa. Les invito a probar: pongan el vídeo no menos de cinco veces en el mismo día. Les prometo que se despertarán por la noche con el estribillo en el cerebro y, en el momento menos pensado, se descubrirán tarareándola. Lo dicho, algo infernal.

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28 Julio 2008

Historia de un corte de pelo

Cuando la cuenta atrás para los Juegos Olímpicos está a punto de quedarse en una sola cifra y la histeria colectiva crece por momentos, el trabajo me lleva a otro lado. Si en el idioma de Confucio Beijing es literalmente "la capital del norte", ahora mismo me encuentro en lo que vendría siendo "la capital del sur", es decir, Nanjing. Estaré por aquí una semanita, para regresar justo a tiempo para la gran inauguración, que veré por la tele, como el común de los mortales. En fin. En próximos días les escribo sobre esta ciudad, que tiene un pasado intenso.
Pero hoy déjenme hablarse de una de mis últimas experiencias en Pekín, antes de volar al sur. Cumplidos más de seis meses en China, todavía no me había cortado el pelo. Llevaba,como pueden imaginar, una bonita melena rizada, muy poco china.
Así que procedí a ir a la peluquería. No es tarea fácil en Pekín, probablemente la ciudad con más establecimientos de este tipo en todo el mundo. Entre los legítimos -es decir, los que sólo te cortan el pelo- y los otros -que te pueden cortar otras cosas, pongamos, la abstinencia sexual-, de cada cuatro negocios, uno pertenece al gremio. La elección estaba complicada: muchas opciones, a precios variopintos. El único requisito que consideré razonable es que alguien fuera capaz de hablar inglés. Tampoco pedía mucho.
Una vuelta en bicicleta tanteando opciones por distintas calles hizo decantarme por una de las pocas con cartel exterior en inglés. "Essence hairdresser". El peluquero de la esencia. Vaya. Un poco grandilocuente, pensé. Pero los chinos son así. En fin. Aparqué la máquina y me decidí a entrar. Que fuera lo que Mao quisiese. La recepcionista me miró divertida. "I want a haircut". Me sonrió y dijo que sí, ofreciéndome con la mano para que pasase. Desde dentro, asomaron las primeras cabezas del personal, curioso. Antes de entrar, le pregunté directamente en chino que cuánto me iban a cobrar. Me sacó la manida calculadora y apretó el 5 y el 8. Luego comentó algo que no entendí y apretó el 1, el 0 y otra vez el 0. Puse cara de hijo de Harry el Sucio y le dije que 58 era un precio acorde a mis límites presupuestarios.
Todo fue tan natural que hasta que no entré dentro, no caí en lauenta que no había preguntado si el inglés era un idioma franco en ese local. Respuesta apesadumbradamente negativa: "No-no". Muy bien, chaval. Tienes delante de ti un lavacabezas de líneas casi ortopédicas y una simpática mandarina te pide que te sientes. Mmm. Bueno, "hemos venido a jugar", que dicen en los concursos. Pues eso. Valor y al toro.
La muchacha se esmeró e incluso hubo una tímida tentativa de iniciar una charlal, que terminó en fracaso estrepitoso. No saben lo complicado que resulta entender el mandarín con agua y jabón en las orejas.
Ya sentado, delante dle espejo y -importante- sin gafas, vino el momento clave. Una pizpireta peluquera me saludó y se me puso detrás observando la cabellera como el golfista analiza el hoyo antes de embocar un putt. Acto seguido me miró y con los ojos hizo un gesto ostensible de "¿qué va a ser?". Intenté ser sucinto y didáctico. "Short, señorita, lo quiero short". Incrementé la fuerza de mis palabras con las manos señalando el tamaño que quería. Pareció entenderlo. Se dio la vuelta y cuando todo parecía indicar que la función estaba por arrancar, sacó un bonito tomo de enciclopedia ilustrada de peluquería. Me lu puso sobre las rodillas. Dónde no llega la lengua, sí lo hace el dedo ejecutor. Centenares de fotografías de modelos con distintos cortes de pelo. Me encanta la gente con recursos y la chica se me ganó. Le señalé un dudoso peinado corto, sin mucho artificio. Una cosa es jugar y la otra rizar el rizo -qué chiste más lamentable, por favor.
Una vez clara la estrategia, todo discurrió con apacible normalidad. Tenía a una decena de empleados chinos mirándome y explicándome cosas sobre mi pelo en el idioma de Mao. Que les encantaba el pelo rizado, que los chinos no lo tienen así, que si tampoco hay rubios,ni castaños. Era una mezcla extraña de peloteo y fascinación. Tocaban los rizos y se reían. Otra empleada se dedicaba a pasarme un pincel por la cara para extraer los pelos sueltos, concretamente cada 30 segundos. Me sentí como el difunto Copito de Nieve, el gorila albino, cuando hordas de niños -yo entre ellos- aporreaban los cristales de su jaula en el Zoo de Barcelona. Al cabo de unos minutos, ami también me salió la cara de hastío que él ponía siempre.
El proceso concluyó sin más sobresaltos, con un razonable éxito y múltiples reverencias a mi salida. Volveré, supongo, pero pasará un tiempo hasta que logre acumular la paciencia necesaria.

PD: Al pisar la calle, me sorprendió la aerodinámica de mi pelo. Notar el aire escurrirse entre la cabeza y las orejas es una sensación nueva y algo escalofriante. Definitivamente, llevaba años con el pelo largo.

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Guillem. Periodista pero becario. Nacido premonitoriamente en 1984. Enamorado de Barcelona y ahora destinado al otro lado de globo.

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