Manteniendo la voluntad de ser un blog absolutamente prescindible y con escaso “background” intelectual, voy a encarar el capítulo 2 de la serie Dramas Cotidianos por un tema muy sensible.
Se trata de analizar los baños que hay en China y, más concretamente, su distribución espacial. No me voy a meter en temas de limpieza porque a) cada uno es de su padre y de su madre y hace lo que quiere y b) vengo de un piso de solteros, con todo lo que eso conlleva. A lo que iba.
Siendo como son los chinos un pueblo de natural espabilado, no entiendo como fallan en algo tan básico como el reparto de espacio en el cuarto de baño. Algo tan simple como un plato de ducha (la bañera es un lujo demasiado elevado, que puede llegar a incrementar un alquiler en 100 euros extras) no existe en el baño medio chino, ni, por ende, en el de mi piso.
Así, los súbditos del reino del Medio prefieren anegar todo el espacio destinado a la higiene a base de colgar el surtidor de agua de la primera pared que se antoje.
Sin necesidad de poner cortina –mi baño, en un gesto de barroquismo casi excesivo, sí que tiene-, uno puede terminar duchándose sentado en el váter o mirándose en el espejo del tocador.
No negaré que los primeros días tiene su gracia imitar desnudo al pensador de Rodin mientras dejas caer el agua sobre tu cabeza y el vaho lo inunda todo.

Sin embargo, la naumaquia que se monta en cada lavado alcanza tintes épicos. El gres empapado, olas de extremo a extremo del baño, más de un dedo de agua colándose por debajo de la puerta y el sufrido vecino chino de abajo que ya el primer día subió a quejarse porque le salen humedades en el techo.