El hombre que asoma graciosamente detrás del florero es Wen Jiabao, el primer ministro chino; es decir, el número dos del Partido Comunista, por debajo de Hu Jintao; o sea, el segundo escalón en las decisiones de casi una cuarta parte de la humanidad. Según dicen, el tipo más popular del gobierno chino. Un caballero simpático, campechano (¡oh no, otra vez!), que manda mucho y que hoy ha dado su única rueda de prensa anual a todos los medios de comunicación del mundo.
No habla inglés -ni falta que le hace- y, por tanto, he tenido que esperar a la traducción para entender lo que decía. Sin embargo, el hecho de no comprender un idioma te hace estar más pendiente de la comunicación no-verbal que emana el emisor. Y no lo digo sólo por la (tendenciosa) foto que adjunto, sino por todo el resto no tan evidente.
Wen -recordar a la audiencia que en mandarín el apellido va antes que el nombre- es un tipo poco audaz. Habla lento, dejando enormes (e incómodos) silencios, como si no encontrara la palabra adecuada. Su vocalización no es una maravilla, pero tiene esa sonrisa franca que los occidentales tenemos idealizada a los asiáticos y que pensamos que rebosa de ingenuidad e ignorancia. Nada más lejos de la realidad. El primer ministro es un tipo maquiavélico -de otra forma no habría llegado dónde está. Tiene las cosas claras, no tartamudea y siempre mira de frente a quien le pregunta, sea fue amigo (el Diario del Pueblo, la CCTV) o fuego enemigo (CNN, France Press). Anatómicamente, parece poca cosa y no abulta mucho, pero tiene un gran dominio de su cuerpo. A partir de una postura inicial muy anodina, casi encogida, sabe cuándo levantar la mano -una sola, nunca las dos- para enfatizar lo que dice. Arruga la frente cuando algo le merece trascendencia. No alza la voz -ningún chino lo hace jamás-, pero subraya sus palabras con los silencios que deja entre ellas, para que penetren en el cerebro del oyente.
Los periodistas chinos le tienen un respeto casi reverencial. La ovación antes de empezar la conferencia de prensa ha sido apoteósica, aunque luego aparentemente no haya dicho gran cosa. Ha dejado que le pregunten de todo, aunque luego su respuesta no tuviera nada que ver con la pregunta. Pero conviene no menospreciar las poco noticiables palabras de Wen: en las tres horas de soliloquio, ha tenido tiempo para descuartizar al Dalai Lama, unir indisolublemente una China "grande y libre", disparar a Estados Unido, darle una colleja a la ONU y ofrecer un mensaje suficientemente ambiguo respecto a los Juegos Olímpicos para que nadie se enfade.
Para ser la única vez que habla en público en un año, no está mal.