Salía hoy de la oficina con un compañero después de un día ajetreado. Eran casi las nueve de la noche, muy tarde para los etándares chinos de cenar. ¿Vamos a cenar a algún lado? Vale. ¿Probamos algo friki? Venga. En Pekín, encontrar un restaurante friki no es complicado. Basta con coger la bicicleta y meterse por callejones. Entiéndase por friki un sitio extraño, con decoraciones bizarras y cuantos más neones torcidos en la puerta mejor. Hay miles de éstos en Pekín.
Hemos ido a para a uno bueno. Un lugar dónde los camareros te miran como si fueras una mascota del zoo es garantía de calidad. Nos pasan el menú: grandes delicatessen gastronómicas de la historia. Rana, perro, burro y visceras formaban parte del menú. Apoteósico, oigan. El compañero y yo nos miramos. ¿Qué, hay suficiente fe y estómago? Sí, sí. Pues a ello.
"Hola, amable camarero de etnia han, ponganos una de "spicy dog with peanuts". Luego traiga algo de pollo, ternera y mucha cerveza para bajarlo todo. Muchas gracias".
Pues eso. Que he comido perro. Y no hay para tanto: es una carne roja, algo seca y no excesivamente sabrosa. No recuerda a nada paladeado con anterioridad, pero no está malo. Tras el primer mordisco de tanteo, pasa bien mezclado con el chile y los cacahuetes, pero sin llegar a matar. Desconozco, sin embargo, la raza de can que he degustado, aunque me inclino por la opción del perro callejero de toda la vida, el popular "chucho".
En fin, que ya puedo tachar otra tontería que tenía que hacer en China. Todavía quedan algunas sorpresas para más adelante. Seguiremos informando.

PD: Lamento no disponer de fotos del ágape, pero ha sido una cata totalmente inesperada.