Leo con preocupación -dada mi inestable perspectiva becarial- que el paro en España se ha situado en el 9,63% según el Inem. Un montón de factores que se resumen en un parón económico ha motivado la caída del empleo a niveles de hace quince años. Yo hace quince años no trabajaba y, de hecho, técnicamente tampoco lo estoy haciendo ahora, aunque ese sería (otra vez) otro tema.
La cosa es que en China (locomotora mundial de la economía, blablabla) los últimos datos sitúan la tasa de paro urbana en el 4,1%.
Haciendo estadística de andar por casa, la mitad de los habitantes del Reino del Centro vive en áreas urbanas, ergo 650 millones. De estos, un 60% entran dentro de la población activa, es decir, en edad de trabajar. Como 400 millones, pongamos. Lo que, cruzándolo con el 4,1% nos da que China tiene 16 millones de personas sin empleo sólo en las ciudades.
Bien. Llegados a este punto, otro matiz: las estadísticas oficiales del Buró de Estadísticas de China no se las cree ni Hu Jintao hasta arriba de licor de arroz. Son cifras cambiantes, moldeables al gusto del poder. Basta con decir que el mismo organismo ha modificado medio punto el crecimiento de la economía en 2007 del 11,4% al 11,9%. Se ve que algun becario se descontó al sumar unos billoncejos. En fin.
A lo que iba: que el empleo en las ciudades chinas es artifical y costoso para el Estado, pero necesario para evitar más galopadas populares por, pongamos, Tiananmen. La gente sin trabajo no consigue ingresar dinero, y sin dinero no hay fideos ni arroz. Así que el gobierno lo soluciona dando empleos imaginativos para todos.
Por ejemplo, vigilantes de plazas de aparcamiento en la calle (a cargo de no más de 5 coches cada uno). También son curiosos los dos encargados de cortar entradas en cada estación de metro mientras las máquinas automáticas ya instaladas descansan bajo las mantas. Igualmente apreciables son los jardineros jubilados, auténticos ejércitos que arrancan matojos sin piedad a razón de un tipo cada medio metro. No menos anonadados dejan los chicos encargados de poner las compras del súper dentro de las bolsas de plástico, tarea independiente del trabajo de las cajeras. La propoción de 20 camareros por diez mesas en muchos restaurantes también resulta una herramienta perspicaz para acumular capital humano.
Aunque mis favoritos son los abrepuertas, a razón de dos por cada entrada de edificio y/o local y no siempre bien coordinados. Desconozco el número total de puertas y portales existentes en Pekín, pero con 17 millones de habitantes que tiene este bucólico paraje pueden hacerse a la idea de la enormidad del gremio sólo en la capital china.
Se trata de empleos totalmente accesorios pero básicos para mantener un nivel de ocupación aceptable, aun a riesgo de retrasar la implantación tecnológica. En China, la fábrica del mundo, la mano de obra es una fuerza taaaaaaaaaaan bestial que se permite el lujo de apartar la modernidad en forma de puertas automáticas, canceladoras de billetes o las tan odiadas máquinas de zona azul. Todo sea por la "sociedad armoniosa" que dice Hu.