El Salsa Caribe es un antro de la noche pekinesa tan deleznable como su nombre indica. Se trata de un lugar dónde ponen música salsa y está ambientado en un (supuesto) entorno caribeño. Un poco el antagonismo de lo que es esta ciudad en realidad, vaya.
"Mira quien baila", versión Pekín. El concurso de salsa por parejas es tan triste como parece.
Después de tres meses aquí, todavía no lo había pisado. Este pequeña honra ha quedado reducido en los últimos tiempos, en los que se frecuenta este lugar de modo tan innecesario como constructivo y gratuito (los porteros chinos también son tan lamentables como en el resto del mundo).
Situado en el área de Sanlitun -la zona de bares y discotecas para occidentales-, el Salsa Caribe no destaca ni por su elegancia, ni por tener la bebida barata, ni por el ambiente distinguido. Su música abarca un abanico amplio: desde 'Volare-uoo-cantare-uoooooo' hasta el 'reaggeton', esa subinvento demoníaco. Incomprensiblemente, es uno de los lugares de más exito de la nocturnidad en la capital china.
Su público es mayormente extranjero, aunque la salsa es un estilo musical que -incomprensiblemente también- pega fuerte por aquí. Ver a un solo chino estándar bailar salsa deprimiría a toda la rúa de Carnaval de Río de Janeiro. Ver a muchos de ellos en acción provoca que hasta yo mismo esté orgulloso de lo rumbosa que es mi cadera, que siempre he sospechado que es de acero forjado o similares.
Aunque sin duda el mayor atractivo del lugar para el gran público es la notable ligereza de cascos de la que hace gala todo el mundo. Aquí mucha gente va a lo que va. No me parece mal, aunque el buiterío termine rozando cotas de patetismo hilarantes. Me explico.
El Salsa Caribe tiene un piso superior, aparentemente desaprovechado. Mesas esparcidas, una barra cerrada y poco tránsito, más allá de camareros y alguna gogó de camino al escenario. Un sitio tranquilo, un vip sin necesidad de lucirse. Así, el objetivo de este "apartado" -a diferencia del resto de reservados del mundo- no es tanto ser visto como mirar. Resulta una atalaya apasionante para seguir el devenir nocturno de las especies.
Y a fe que me he aficionado, ni que sean cinco minutos cada noche. Cual Louis van Gaal de estar por casa, uno puede diseñar la táctica de la noche. ¿Cómo? Por ejemplo:
En banda izquierda, cerca de la entrada de los baños, se situa una pequeña aunque activa colonia francesa de adolescentes, la mayoría de ellos tipo XY. "Les petits Sarkozys" lucen sus melenas dirección a la colonia de indefensa autóctonas que les lanzan miradas furtivas, a mitad de camino entre el miedo atávico de China al exterior y la fascinación occidental. Ellos se dedican a tantear el terreno sin perder de vista las evoluciones de la bailarina cubana que enseña a bailar salsa a la esforzada audiencia. Se trata de un objetivo más ambicioso, que a primera hora parece factible para volverse más complicado a medida que transcurre la noche, por lo que es previsible que el grupo francés se dedique a hazañas menos gloriosas.
En primera fila, la rivalidad preside el local: un interesante duelo latente entre latinas y eslavas, o si lo prefieren, el clásico dilema de rubias o morenas. Difícil elección. Son guapas, lo saben y una decena de chinos con la boca abierta y disfrazados de raperos de pega se lo recuerdan a cada contoneo. Entre ellas destacan la novia del bailarín mulato y una rusa preciosa pero que lleva escrito en la frente con purpurina algo así como "son 1500 yuans, el taxi aparte". Por detrás, avanzan posiciones los africanos.
Una improbable tribu de angoleños, ruandeses y mozambiqueños otea el horizonte. En Pekín, el exotismo resulta un añadido interesante -inciso: ¿alguien había conocido a una kirguiza de Kirguizistán antes?- pero no definitivo. Hay que lucharlo. Las hijas de Mao no se muestran muy receptivas a sus encantos, obsesionadas con la idea del occidental romántico que han visto en las películas de Hugh Grant. E
n las mesas, muchas camisas y americanas de marca esperan su oportunidad, mirando al respetable por encima del hombro con los ojos modo Michael Douglas en Wall Street. Su botella abierta de Möet Chandon o similares les delata. La experiencia dice que acabarán levantándose a sudar la camiseta. O quizás le pregunten la hora a la rusa anteriormente mencionada.
Sin embargo, la tragedia se palpa cuando un grupo de amigas británicas entra por la puerta. Con gorritos de despedida de soltera y esos mofletes rojizos que se les ponen a los ingleses cuando beben demasiado, su ansia de fiesta les delata. Por su fuera poco, entran empujando y gritando como condenadas.
Un grupo de estudiantes italianas poco lanzadas les mira con hostilidad: les están pisando el terreno y, más fisicamente, los propios pies y los estupendos tejanos de Dolce&Gabanna probablemente recién adquiridos en el mercado de ropa que está a 300 metros. Las hijas de Churchill son presa de miradas cruzadas entre los distintos amfitriones: ¿quien se lanza primero? "Hello, pretty girls. Where are you from?". Mientras tanto, arriba, en el primer piso, un barcelonés apura el último sorbo de Chivas, ese whisky que no parece whisky y que por eso le gusta. Pekín, de noche, es más divertido, reflexiona. De fondo, Shakira insiste en que las caderas no mienten. Qué gran verdad.

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