La escena se repite por cuarta ocasión en poco más de cuatro meses: el avión desciende y se adentra en una neblina extraña. Toca tierra, alguien abre la puerta y al salir, la azafata te sonríe mientras dice "Ni hao". Oh, dios, otra vez.
Las notas del viaje vendrán esta semana en fascículos, como los cursos de CEAC que te enseñan a tocar la guitarra y aprender alemán en cómodos pasos. No pretendo tanto hacer un resumen detallado del viaje sino explicar algunas situaciones y lugares que, para bien o para mal, me cautivaron.
Sin embargo, déjenme reservar hoy unas líneas a un asunto que ha removido tierras y conciencias a partes iguales. El terremoto de Sichuan lleva ya 32.477 víctimas oficiales y una cantidad similar de personas todavía desaparecias. Teniendo en cuenta el tiempo pasado, los cálculos más optimistas no bajan de 50.000 muertos.
Asumiendo que como periodista llego muy tarde al asunto -vacaciones obligan- y que lo más cerca que he estado de la zona ha sido esta noche, cuando la he sobrevolado a diez mil pies de altura en el trayecto Bangkok-Pekín, no insistiré en la tragedia que teles y periódicos escupen sin parar.
Sí que puedo hablar como un extraterrestre recién aterrizado a la capital china. Con sueño acumulado de 18 noches, he caído sobre el sofá a plomo. Instintivamente, mi mano ha cogido el mando de la televisión y ha apretado el botón de encendido. Mientras mi cerebro andaba al ralentí, preparándose para una siesta de las que marcan época, el dedo índice desarrollaba su talento natural para el zapping. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. En todos los canales aparecía lo mismo: una gala de esas que gustan tanto por aquí, trajes emperifollados, guirnaldas de purpurina, corazones enormes, algún militar salpicando la imagen para recordar quien manda. Pero algo fallaba: la sonrisa sempiterna de los chinos había sido sustituida por un montón de ojos vidriosos y un rictus serio.
Por el escenario desfilaban gentes con sobres enormes que metían en una urna. Un enorme mapa de China con una diana alrededor de Sichuan -la provincia más afectada, en el centro de China- dejaba claro el tema. Me revolví incómodo en el sofá. Mmpffbrggh. El chauvinisimo exagerado de los hijos de Mao parecía tener, por una vez, cierto sentido. El gigante temible que se despereza palidece al reparar que le sangra la rodilla.
En el canal de noticias, especiales non-stop del desastre. El "di zhèn" (terremoto, en mandarín) está en boca de todos. Incluso en Pekín, que apenas notó nada. Sin saber demasiado chino, no cuesta mucho reconocer la palabra en cualquier tertulia. En la capital china sucede como en Madrid, y como en muchas capitales más: que la mayoría de gente no es de aquí. Muchos pekineses de adopción proceden del campo chino, muchos de Sichuan.
Esta provincia, bastante más grande que Francia, es una zona montañosa, con picos de más de cinco mil metros. Una importante parte de la población rural en pueblos perdidos y muy pocas infraestructuras para llegar a ellos. Varios ríos que cruzan el territorio y que ahora nadie sabe por dónde van a encauzarse. Algunas réplicas del seísmo. Toneladas de escombros. Millones de gentes que no tienen a dónde ir. Enfrente, el ejército más numeroso del planeta y una determinación en los ojos de todo un pueblo que haría pasar seguro a la selección española de cuartos de final en cualquier Mundial de una puñetera vez. A ver cómo acaba.

PD: Incluyo algunas fotos del viaje, para ir dando envidia.