Esto tendría que haber llegado ayer. Como este blog tampoco es un medio especialmente informativo, pensé que mejor dejarlo para hoy, cuando ya tendría un vídeo explicativo de cómo fue todo eso. En fin. Aparto momentáneamente el resumen de mi viaje por causa mayor.
Ayer volví al trabajo. Eso, de por sí, no sería demasiado noticioso. Andaba todavía con la cabeza en el sureste asiático y el retorno fue paulatino, un aterrizaje suave. El hecho de que fuera por la mañana y de que voluntariamente me hubiera negado un nescafé infame para apartarme las legañas contribuyó a mantener una agradable sensación de ensoñación. Dos notas mal contadas, un paseo infructuoso con la cámara de vídeo y una pizza pedida por teléfono fue el bagaje de la mañana. Hasta que, de repente, todo empezó a hacer ruido.
Tardé mis buenos cinco segundos en darme cuenta de que eran las 2.28 pm del lunes 19 de mayo, es decir, una setmana exacta después de que las entrañas de China se removieran enteras. La orden oficial era clara: tres días de luto nacional y tres minutos de solidaridad a las 14 horas y 28 minutos.
Pero en China los minutos de silencio no son tales. Son minutos de ruido. Entiéndanme: la gente se mantiene de pie, callada, hasta incluso un poquito agachada hacia adelante, como reverenciando. Pero dónde no llegan las voces llegan las sirenas, cláxones, pitos y cualquier señal de alarma existente. Pekín entero se quedó parado, inerte de movimiento pero con un ruido ensordecedor. Coches estáticos en medio de la autopista, cocineros con los fideos a medio hacer, peones de rascacielos asomándose al abismo, extranjeros mirando curiosos por la ventana.
¿Se acuerdan de El Show de Truman, aquella película en que la vida del protagonista era una farsa y su mundo una serie de actores que iniciaban el movimiento cuando entraban en escena? Pues tal que así pero sin Jim Carrey sobreactuando.
Por la tele el panorama era idéntico. Tiananmen, la Ciudad Prohibida, Shanghai, Hong Kong, Chengdu -la capital de Sichuan- y los rescatadores de pie entre las ruinas. Especialmente meritoria esta última imagen, pues el destino -siempre puñetero, a veces hasta cruel- quiso ofrecer una pequeña réplica del terremeto sólo diez minutos antes de ese momento, lo que causó un comprensible pánico entre los que por ahí pululan.
He tenido que leer la crónica del enorme Rafael Poch para saber cómo está la situación exactamente por ahí ya que mi doble condición de becario precario y de recién llegado de vacaciones hacen bastante inviable una visita a la zona devastada. Otra vez recomiendo encarecidamente su lectura. A este paso La Vanguardia tendrá que hacerme comercial del periódico.
Lo que cuenta Poch no tranquiliza. A pesar del esfuerzo que sin duda se está desplegando, eso tiene mala pinta. No tengo ninguna prueba fehaciente y es sólo otra opinión -recuerden que opinión=culo, que cada uno tiene uno-, probablemente innecesaria. La cuestión es que entre las fuentes de esta crónica he visto con sorpresa que citaba a Diego Herrero. Diego es un cámara español que trabaja en Pekín y que antes se ha movido por mil y una batallitas, por aquí y por allí. Irak, Afganistán y tal. Destinos turísticos de primer orden, vaya.
Y la leyenda dice que Diego llegó a Sichuan con un nutrido grupo de periodistas, en la primera oleada de reporteros extranjeros desplazados a la zona. Que todos pararon en una gasolinera y que la policia les retuvo/detuvo porque estaba todo patas arriba. Que el amigo se escondió, se hizo el sueco y se fue andando carretera arriba. Que llegó a un pueblo derruido por el seísmo y que parece ser que fue el primero en hacerlo. Y que tuvo que dejar la cámara de lado porque debajo de los montones de piedras había personas que gritaban. Y que se puso a apartar ladrillos como buenamente pudo. Y que luego lo contó explicando que había sido "lo peor que he visto en mi vida". Y juraría que este hombre ha visto cosas feas por esos mundos de dios.
Por eso, porque ya van 40.000 muertos y cinco millones de personas sin techo y porque las sirenas chinas al unísono todavía retumban en mi cabeza.

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