Camboya mola. ¿Ya lo dije? Pues lo repito. Es un lugar extraño, como extraño se plantea el post de hoy. Muchas posibles cosas de las que hablar y poca coherencia entre ellas. Así que voy a ir saltando alegremente de una cosa a la otra y si alguno se me pierde, pongo algunas fotos para que almenos pase el rato entretenido.
Ayer dejé a Pol Pot y su centro de detención S-21. Mal rollito por todos lados. El hedor, mezcla de cerrado, humedad y algo indescriptible que somaticé mentalmente como olor a muerte. En un pared un poema en inglés de un reo, que no sé exactamente como pudo escribir ni como pudo mantener para la posteridad, pero que explica como era la pesadilla. Largo, aviso.

No rituales religiosos. No símbolos religiosos. No adivinadores. No curanderos. No tener respeto por los mayores. No estatus social. No títulos. No educación. No entrenamiento. No escuela. No aprendizaje. No libros. No bibliotecas. No ciencia. No tecnología. No bolígrafos. No papel. No monedas. No trueque. No compras. No ventas. No pedir. No dar. No bolsos. No carteras. No derechos humanos. No libertad. No tribunales. No juez. No leyes. No abogados. No comunicaciones. No transporte público. No transporte privado. No viajes. No correo. No invitaciones. No visitas. No faxes. No teléfonos. No reuniones sociales. No chácharas. No bromas. No risas. No música. No baile. No romances. No flirteos. No fornicación. No citas. No masturbación. No sueños húmedos. No dormir desnudo. No bañistas. No ducharse desnudo. No canciones de amor. No cartas de amor. No afecto. No bodas. No divorcios. No conflictos marciales. No luchas. No blasfemias. No palabrotas. No zapatos. No sandalias. No cepillos de dientes. No maquinillas de afeitar. No peines. No espejos. No lociones. No maquillaje. No pelo largo. No trenzas. No joyas. No jabón. No detergente. No champú. No punto. No brodado. No ropa de color, excepto negro. No vestuario, excepto pijamas. No vino. No licor de caña de azúcar. No mecheros. No tabaco. No café de la mañana. No al té de la tarde. No picar. No postres. No desayuno (y a veces no cena). No piedad. No perdón. No remordimiento. No arrepentimiento. No segundas oportunidades. No excusas. No críticas. No quejas. No ayuda. No favores. No gafas. No dentista. No vacunas. No medicinas. No hospitales. No doctores. No minusválidos. No enfermedades sociales. No tuberculosis. No lepra. No cometas. No canicas. No bandás elásticas. No galletas. No helados. No caramelos. No jugar. No juguetes. No canciones de cuna. No descanso. No días libres. No vacaciones. No fines de semana. No juegos. No deportes. No levantarse tarde. No periódicos. No radio. No TV. No dibujar. No pintar. No electricidad. No lámparas de aceite. No relojes. No esperanza. No vida. Un tercio de la gente no sobrevivió. El régimen murió.

Camboya sigue ahí, con sus miserias -muchas- y con pequeños rayos de esperanza. Los niños te miran con los ojos como platos y te sonríen con la boca llena de dientes. Ahora están empezando a aprender cómo timar al turista occidental, una actividad en la que ponen interés pero de la que todavía tienen mucho que aprender de sus primos tailandeses. Y tienen los templos de Angkor, uno de esos lugares que se votaron como "Maravillas del Mundo Moderno" y que son tan viejos como las Pirámides. Angkor es el orgullo nacional. Aparecen en la bandera y dan nombre al tabaco nacional y a la cerveza más bebida, que por cierto, es de las buenas-buenas. Además, un río tan mítico como el Mekong cruza el país entero, con 'charlies' todavía escondidos entre las cañas. Y tienen elefantes parando el tráfico en la calle principal de la capital. Pues eso, que habrá que volver.

Elefante ocupando la mejor mesa de la terraza. Pidió variado de fruta: piña (3), plátanos (unos cuarenta) y sandía (un par). No dejó propina, aunque en su descargo decir que en Camboya no es obligatorio hacerlo.