Este post es una deuda. Y como tal se subsanará. Alguien me pidió un post parecido a esto hace mucho, mucho tiempo. Mal que bien -porque hace como dos meses que fue pedido- pero llega.
Hoy, les presento el libro de estilo del buen "'laowai' en China. "Laowai" no es más que la traducción de la voz española "guiri", es decir, extranjero en tono peyorativo. Así les (nos) llaman a los occidentales en China. No abiertamente -es un país muy formal para estas cosas-, pero sí de manera genérica. Y los laowais acostumbramos a hacer cosas extrañas, según el punto de vista chino.
Cosas que les hacen reir y cosas que les hacen llorar. Así que ahí va la guía aproximada de las cosas que se deben y que no se deben hacer por estos lares.

- No está de más aprender algunas palabras básicas en mandarín, aunque su visita sea breve. Los chinos lo valoran mucho, ya que su inglés tampoco es muy allá. No servirán de gran cosa, pero tendrán un efecto integrador en el entorno y predispondrán al buen rollo. "Ni hao" (hola), "xiexie" (gracias) y "zaijian" (adiós) son conceptos que hasta Zapatero -por poner alguien muy negado con los idiomas- sería capaz de recitar.

- Moverse por Pekín es complicado. El metro no llega a muchos lugares y los taxistas tienen la extraña costumbre de hablar sólo mandarín. Puedes intentar pronunciar el lugar dónde quieres ir y tener suerte. Pero confieso que llevo cinco meses aquí y hay direcciones de la capital china que todavía son incapaz de pronunciar como toca, así que la cara de perplejidad del conductor está asegurada. Por eso, es imperativo hacerse con un montón de tarjetas de los lugares dónde vas a ir o volver (por ejemplo, el hotel). Este tipo de establecimientos son sabios y su tarjeta de presentación tiene dos caras: en alfabeto occidental y en carácteres chinos para que lo entienda todo el mundo.

- El ambiente de Pekín es sucio y seco. Hay un montón de polvo y, si uno fuera un tipo formal, tendría que pasar la escoba cada día. Lastimosamente, eso no sucede, ni en mi casa ni en el Gran Palacio del Pueblo. Todo acostumbra a estar lleno de polvo, horrible para los asmáticos e infame para las manos y otras partes del cuerpo en contacto con el exterior. No tocar ojos, boca u otros orificios/miembros corporales por el riesgo de pillar cualquier bacteria oriental de mal rollo.

- El punto anterior se debe considerar junto al del agua potable, que para los occidentales no es tal. Es decir, los chinos la beben y aplauden, pero es harto probable que un sistema digestivo no avezado sucumba a las primeras de cambio por ingerir agua del grifo. No se debe hacer bajo pena de una semana pegado a la taza del váter y dando gracias a Su Ilustrístima por haber inventado el Fortasec. Se deben beber sólo cosas embotelladas: agua, zumos, cola, cerveza, whisky, ron. Salirse de este guión es jugar con fuego (estomacal).

- El momento de comer también es complicado. Se recomienda venir a China entrenado en el manejo de los palillos chinos. Muchos restaurantes no gozan del privilegio de tenedores o cuchillos. Al principio es engorroso pero tiene una ventaja evidente para los que siguen dieta, y es que con los palillos comes menos porque puedes sujetar menor cantidad de alimento. Uno sabe que es experto cuando es capaz de comer unos tallarines en sopa sólo con palillos y sorbiendo fuerte hacia dentro.

- Sigo con el tema de la comida. Es divertido probar. Quiero decir, la comida china no se parece en nada a la occidental. Tiene sus ingredientes, sus recetas, sus sabores. Ni tal solo recuerda a la comida china que conocemos por ahí. De "nuestros" restaurantes mandarines apenas resiste el pollo con almendras, el pollo al limón y el arroz. Y pare usted de contar. Así que el paladar y el estómago deben habituarse a la novedad. Paciencia, tacto y un poquito de cerebro. No nos lo queramos comer todo a la primera sentada. Estómago sólo hay uno y diarreas, mil. Recomendable recordarle al camarero que los platos sean "bu lai", es decir, "no picantes". Si se piden no picantes, serán un poco picantes. Si no se hace, arderá la garganta del novato al segundo fideo.

- Si jamás come con chinos, haga lo que vea hacer. No empiece hasta que ellos lo hagan. No pida algo por separado, pues aquí la comida es quizás el elemento más comunista de todos. El menú consiste en muchas cosas a compartir, no cada uno con su plato. Al momento de beber, más de lo mismo: bebe todo el mundo a la vez y es tradición brindar antes de cada sorbo. El alcohol es un clásico de estas comidas y las borracheras posteriores, un inequívoco de que el ágape ha ido bien. Como en los palillos, se recomienda entrenar el aguante. Queda muy feo caerse de la silla y no poder articular palabra en una cena de gala por culpa de excesiva cerveza.

- "No por mucho gritar, el chino te hará más caso". No sé si es un antiguo proverbio oriental, pero debería serlo. La gente aquí es poco impresionable. Un "laowai" gritando indignado es motivo de miradas con ojos como platos, pero una terrible falta de respeto en la idiosincrasia china. Montarles un escándalo rara vez funciona para conseguir lo que quieres, almenos en el común de los chinos. Quizás en establecimientos caros pueda funcionar, para evitar que otros occidentales se den cuenta. Pero, en general, es mucho más útil y efectivo sonreír y repetirse hasta la extenuación, aunque no tengas puñeteras ganas.

- Añadiendo al punto anterior: la paciencia es clave. La cultura china es distinta a la occidental. Para algunas cosas son muy inflexibles y por otras no se alteran jamás. El reloj no importa tanto y conviene ser convincente pero no humillante. Los sobornos están prohibidos, pero a nadie le amarga una propinilla y menos a un chino. No están habituados y reaccionan bien ante estos detalles.

Abierto a más dudas y con la deuda solventada, hasta aquí el manual básico del buen turista que visita China. No garantiza el éxito, tampoco tiene gran utilidad y jamás pasará a la historia, pero apunta detalles y está hecho con toda la fe. Como el blog entero, vaya.