Es difícil explicar como era la situación en un lugar un mes después de que pasen las cosas. Ya expliqué que el 12 de mayo estaba fuera de China y me enteré del terremoto por la CNN, como los periodistas de verdad. Así que el viaje a Sichuan nacía mutilado porque desconocía cómo era eso antes y como fue justo después. Tras un mes, sólo podía limitarme a mirar, escuchar e intentar captar los matices que no me cuadraran para luego preguntarlos a los más viejos del lugar. Y a ese objetivo me entregué.

Sin embargo, sí hubo cosas que me sorprendieron. Como tengo tanta imaginación y he visto tantas películas, yo ya me había hecho una idea de lo que me encontraría: caos, drama, lágrimas, montoneras, miseria. Y, oigan, por ahí me sorprendieron.
El despliegue chino de medios físicos era impresionante. También es verdad que es lo que tiene disponer del mayor ejército del mundo en número y de millones de personas para trabajar, pero lo cierto es que aparecía mucha gente en todos lados. De la misma manera, había mucha organización. A la manera china, eso sí: enormes campamentos, comida compartida, tiendas alineadas al lado de la carretera.
Claro que vi desastre, casas hundidas, llanto desgarrado, pero sorprendía la resignación y el moderado buen humor de los chinos. Un mes después continuaban las lágrimas, pero el mundo también era capaz de reír. A pesar de haber 15 millones de personas desplazadas de sus casas y 90.000 muertos y desaparecidos, la gente veía el futuro con un optimismo pasmoso.
Lo mejor de todo es que ese optimismo tenía un motivo, un rostro y un nombre: el primer ministro chino, Wen Jiabao. El hombre que sólo habla ante la prensa una vez al año. El mismo tipo que sólo tres horas después del temblor se plantó en Sichuan y megáfono en mano alentó al pueblo, a la manera que hiciese el no menos extraño alcalde de Nueva York, Rudolph Giulani, cuando el 11-S. El señor al que 1.300 millones de personas reverencian y llaman, literalmente, "padre".

Papá Wen en versión "dejad que los niños se acerquen a mí"

Mucha gente había perdido casa y niños -en muchos casos, toda su descendencia por la política del hijo único- y tenía fe porque Wen les había dicho que confiaran. No sé sabe exactamente en qué, pero que lo hicieran.
De hecho, el gobierno chino ha salido muy razonablemente fortalecido por la gestión del terremoto, gracias a su reacción rápida (las comparaciones con el ciclón de Birmania también ayudaron) y al hecho de no repetir torpezas como las de Tíbet.
En los primeros días, la prensa extranjera pudo campar a sus anchas por Sichuan y en seguida llovieron halagos por la "transparencia informativa". Puede ser y, de hecho, me consta que se parecía bastante a eso. Aunque también déjenme decir que ahora ya no son tan simpáticos. Ni con mi novísima acreditación para trabajar en Sichan (tengo el pase de periodista número 00003, que aún conservo) me permitieron tomar imágenes o acceder a muchos lados. Si es que no aprenderán nunca....