Sociología barata del ecosistema pekinés. Hoy: los pobres niños ricos. Son una especie difícil, algo acomplejada. Son mayoría los hijos de cargos de "la familia", es decir, el partido comunista de China, aunque también florecen ya los hijos de empresarios postcomunistas que se han hecho de oro. Figúrense un caso hipotético pero frecuente: el abuelo hizo la Larga Marcha con Mao, el padre vivió el cambio de comunismo a socialismo armonioso de Deng Xiaoping y el niño creció en el salto histórico más bestia de todo el mundo que condensa en sólo 30 años lo que a Occidente le costó más de dos siglos.
Acostumbran a ir en grupo y rara vez se separan de la manada, a no ser que se trate del momento del apareamiento con una (o más) admiradora que llevan colgando del brazo. Son chinos, jóvenes y tienen mucho dinero, aunque es harto dudoso que jamás hayan pegado un palo al agua. Conducen un BMW alemán, lucen ropa carísima de marcas americanas (y no comprada en el mercado de falsificaciones, precisamente), se pirran por los restaurantes italianos y beben champán francés, pero dicen ser más chinos que nadie.
Su hábitat natural las zonas más caras de Pekín, también conocidas como bares occidentales. Tienen predilección por las tarjetas de crédito y los gadgets tecnológicos, imprescindible teléfono móvil de ultimísima generación: el i-phone de apple colma sus aspiraciones. Lucen los peinados extremos, los tatuajes de dragón y permanente cara de malotes. Se rodean de una corte de seguidores formada básicamente por tres subespecies, a saber a) chino pringado, malote pero menos que aspira a subir en la cadena trófica y ser el líder en un futuro, b) chino grande, armario empotrado con pinta de especialista en todas las artes marciales que comporten muerte y c) china pequeñita, hermosa, de escueto vestido, pelo negro, piel blanquísima y cara de "elígeme a mi".
Tienen un fuerte componente territorial y mucho tiempo libre. Eso es, de entrada malo para la convivencia. La colonia expatriada de occidentales en Pekín es muy heterogénea, pero existe un acuerdo más o menos tácito de que todo el mundo puede hacer lo que quiera sin ser molestado. No hay grandes triifulcas entre extranjeros porque no hay nada que ganar -más que un par de galletas- y sí mucho que perder, puesto que la ley china especifica que participar en una pelea conlleva la expulsión del país en 24 horas. No compensa.
Pero estos niños ricos, hijos de Mao y de sus padres, saben que juegan con ventaja. La ley les ampara y, en caso de que no lo hiciese, sus progenitores moverán hilos dónde sea para que sus queridos retoños triunfen. Súmenle a este cóctel una infancia consentida en la que el niño ha tenido todo lo que pedía -y por otro lado, estaba prohibido para el resto de la población, como juguetes, ordenadores, viajes, etc- y la necesidad postadolescente de demostrar que ya se es un hombre. Añádanle unas gotitas de nacionalismo exarcerbado, un expatriado inoportuno que tropieza dónde no debe o mira de reojo dónde no toca y tienen el pastel montado.