El blog está bajo minimos. Una innegable pereza vital y el hecho de haber andado más kilómetros en tres días que en el casi medio año que llevaba en Pekín (visitas turísticas obligan) lo mantienen en estado semicomatoso. Vive, respira, pero se mueve poco. En fin.
En parte -sólo en parte- la poca actividad se debe al destarote horario que llevo. Irme a dormir tarde es un placer enorme, pero la Eurocopa me lleva por el camino de la amargura. Señor, perdóname porque he pecado. "Me gusta el fútbol / los domingos por la tarde / es la mayoooor / de mis aficiones", que reza el soneto. Pues eso. Cambien domingos por la tarde por cualquier madrugada de junio en Pekín y encontrarán respuesta al imparable aumento de mis ojeras. Los partidos son a una hora nada razonable (02.45 am) y las prórrogas y penaltis concluyen pasadas las 5.30 de la mañana, con el día ya levantado y los hijos de Mao apresurándose para no llegar tarde a la primera sesión de tai-chi en los parques de Pekín. Me echo a dormir cuando el vecino ya tiene la taladradora en la mano, dispuesta a perforar mis sienes con la onda expansiva de la puñetera redecoración de su hogar. Así no hay quien viva. Algo más que hastiado, me lio a zapatear encima del parqué de mi habitación en una imitación pobre pero efectiva de Fred Astaire, hasta que el chino para, temeroso de que se le caiga el techo encima junto con un becario ojeroso.
Sin embargo, aquí me tienen, hoy también. Esta noche no rueda la pelotita, pero vuelve a ser tarde. Las horas invertidas -me niego a calificarlas de perdidas- que nunca se perdonan. El placer masoquista de acostarse tarde, de ganarle minutos al sueño. Ora una película, ora unos videos tontos de youtube, ora un paseo bloguero. Mañana por la mañana, cuando suene el despertador me acordaré de este post. Eso si antes el vecino no insiste en dinamitar la razonable convivencia vecinal, en cuyo caso no descarto zapatearle el rostro, mutando de Fred Astaire a Bruce Lee. Buenas noches tengan.