Mi señora madre está de visita en Pekín. Miedo. Bueno, de hecho, ahora mismo deberían tener más miedo las dependientas del Mercado de la Seda porque tiene previsto ir para allá con su inagotable lista de falsificaciones que comprar. Bolsos, chaquetas, pantalones, camisetas y una maleta para meterlo todo.
No obstante, este no es el tema. La cosa es que llevo cinco días de turismo por Pekín. Haciendo el guiri de esa manera que sólo los guiris saben: plaza de Tiananmen, foto ante el retrato de Mao, Ciudad Prohibida, 435 fotos de los palacetes, Templo del Cielo, foto desde todos los ángulos de un templo con planta redonda, Palacio de Verano, fotos, hutongs, fotos, fotos, fotos. Andando kilómetros, millas y maratones. De gusto, pero andándolos.
He visitado todos aquellos lugares que aparecen en postales y guías. Sitios en los que, no me escondo, no había estado en medio año en Pekín. No había curioseado por la Ciudad Prohibida, ni paseado por el Palacio de Verano, ni deambulado por el Templo del Cielo. Tampoco me acerqué todavía a la Gran Muralla -si nadie lo remedia, mi señora madre reparará este imperdonable olvido el sábado- y si estuve en Tiananmen fue por morbo y temas de trabajo.
Así que, ahora, tras haberlo visto/sufrido, puedo decir que el Pekín turístico es una mandangada. Que, a ojos del inexperto occidental, es una sucesión de edificios y templos pintados de rojo, con jardincillos evocadores llenos de hijos de Mao y un molesto hilo musical de fondo, presuntamente oriental. Quizás por ignorancia propia -arquitectura e historia de China no son la especialidad de la casa- o por haberlo convertido torpemente en parques temáticos repletos de cámaras digitales y tiendas de souvenirs con el jeto de Mao, he sido capaz de aborrecer estos lugares.
He sido, soy y muy probablemente seré un turista en muchos lugares, incluido Pekín. Pero sigo sin entender -y me cuesta mucho aceptar- al turista que baja del autobús y, sin mrar, saca la cámara para inmortalizar cualquier tontería. El mismo que luego te pide que le hagas una foto, mientras posa con sonrisa falsa, la misma que luce en las otras 5.438 fotos que se ha hecho. Sí, lo confieso: odio las fotos del "yo estuve aquí". Me despiertan pereza y rabia, a partes iguales. Mi señora madre anda de los nervios por ello. Asegura que lamentaré esta apatía más adelante, cuando me olvide de las cosas. Es posible. Mi señora madre acostumbra a tener razón -y cuando no, hay que dársela igualmente-, pero es una elección premeditada, plenamente consciente.
Pero ahora no. No a las fotos borreguiles. No a un retrato después de hacer cola con cientos de personas que se hacen la misma foto, en la misma esquina. No a las presuntas imágenes artísticas, paisaje de postal, que salen desenfocadas y con la exposición saturada. No a la dictadura de las cámaras digitales que aparecen en cualquier momento, adueñándose de la calle y creyéndose en posesión del derecho divino de incluirte en el paisaje. Luego se suben al autobús corriendo, que hay que devastar, digo visitar, otros rincones del mundo y contárselo a los amigos cuando vuelvan. "Que bien que lo pasamos, oye".