Acabó el martirio de las madrugadas. Terminó razonablemente bien, por cierto: gané la porra de la final. Xibanya 1 - Deguó 0, que dicen por aquí. Mi natural racanería vio venir victoria mínima, 90 minutos de espesitud, defensas rocosas, patadón arriba. Son muchas las horas pasadas frente a los videojuegos para saber cómo va eso. Mourinho y Clemente estarían orgullosos de mi.
Alemania me cae bien. No es un sentimiento explicable más allá del tópico: son alemanes. Inventaron el bratwurst, el motor diesel, la sopa instantánea y con 15 años, pasé allí un verano enorme aprendiendo su idioma casi imposible. Gute Leute, sin duda.
En Pekín la colonia germana es numerosa. Después de americanos, japoneses y coreanos, son la cuarta colonia. La presencia española es mucho más modesta, aunque sin duda mucho más ruidosos. El rojo sudado en la camiseta (más por el apelotonamiento en los bares que por el esfuerzo propiamente dicho) y las rimas fáciles son signos de distinción. El español de a pie es un tipo sociable, que gusta de ver el fútbol en grupo y que a falta de tercios/medianas, se entrega con pasión a las pintas inglesas. El Paddy O'Shea, antro filoirlandés de precios nada populares, resultó el centro de peregrinación perfecta. Tocaran rusos, suecos, griegos, italianos, rusos otra vez o alemanes, eso que llaman la "marea roja" intimidaba al rival, bien con cantos exaltativos de lo propio ("A por ellos, oé", "Ca-si-llas") bien con ofensas más o menos directas ("Berlusconi se folla a Luca Toni", "¿Dónde están las suecas, uo uo?").
En ocasiones, provistos incluso de un sospechosísimo megáfono policial que nadie sabe de dónde salió, la afición lo dio todo. Hasta puntos excesivos, a veces. Prometo que escuchar pasodobles de Manolo Escobar en un pub irlandés ubicado en la capital china mientras los rusos ponen cara de condenados a Siberia descoloca al más cosmopolita.
Sin embargo, déjenme destacarles una por encima de todas. Yo me quedo con una proclama nacida anoche, al final de la ídem, cuando los alemanes ya agachaban la cabeza, y que transcendía mucho más allá de la pelota para meterse entera en temas escabrosos. Decía algo así como "Más autopistas / queremos más autopistas / Angela Merkel / queremos más autopistas". Sólo un español de pura cepa se acuerda de los fondos de cohesión europeos que tantas alegrías (y mangoneos, todo sea dicho) en un momento tan intenso.
Otro punto que queda para el recuerdo chino es el MVP del torneo. Un culé con el que he sido más duro que nadie, que creció a 30 kilómetros de mi casa y que en mandarín se le conoce como "la concha de tu madre". Me refiero a Xavi, el pequeño centrocampista del Barça. Y no, no es una broma. Xavi significa, en el idioma de los hijos de Mao, los genitales de la progenitora de uno. De hecho, un insulto gravísimo, de esos que Bruce Lee castigaba con saña. Imagínense las risas que se pegaban los simpáticos chinos cuando un atajo de semisalvajes coreaba "Xavi, xavi". En fin. Qué bello es el mandarín.
La conclusión es positiva: ahora podré volver a dormir a horas normales, no tendré que ver amanecer -al menos no cada día-, el consumo de cerveza será moderadamente menor y he recuperado la inversión total de todas las noches tras un golpe de suerte en forma de apuesta deportiva. Mola.