Hay días que uno no está para nada, ni para nadie. Momentos misántropos, que les llamo. Pekín facilita sobre manera estas jornadas de introspección. Se trata simplemente de dejarse llevar por los lugares adecuados, aquellos sitios atiborrados de gente mandarina pero sin rastro de extranjeros. Los más viejos del lugar los conocen y se confiesan 'sotto voce', como secretos de estado. Sin embargo, una cosa está clara: el Ikea de Beijing no parece, a priori, formar parte de los rincones reflexivos. Y, a pesar de todo, este fin de semana descubrí sus bondades, que son muchas.
Partamos de la base que Ikea es una gran idea. Los suecos -y las suecas- han tenido grandes ideas a lo largo de la historia: la dinamita, el tetrabrik y la cadena de muebles baratos, icono globalizador por antonomasia. Ikea ha conseguido que chinos, kuwaitíes, belgas, australianos, turcos, españoles y estadounidenses tengan la misma estantería "Skröngkporf" en su habitación. De hecho, alguna vez leí que el catálogo de muestra de la marca era el documento de mayor tirada mundial, por encima de biblias, coreanes y playboys.
Los hijos de Mao, otra vez, no podían ser menos. Su Ikea (pronúncises Ai-di-lu-ya, o algo parecido) es una nava exactamente igual a la de cualquier otro país, pero con miles de chinos dentro. La cosa cambia mucho, créanme. Ver a multitud de familias con niños, ancianos de bastón y parejas que demuestran su amor vistiéndose iguales es mi mejor manera de abstraerme. Cada uno tiene sus fetichismos. He descubierto que deambular por los dormitorios prefabricados y encontrarme todas las camas ocupadas con chinos estirados durmiendo vestidos encima de los colchones me calma.
Igual que pasear por entre los tresillos y no encontrar un hueco porque hay cola para sentarse en los sofás. Tocan, miran, observan y prueban todo. Y el extranjero, que ese día anda con la mirada perdida, se siente terriblemente a gusto en la marabunta y sin que nadie le haga puñetero caso.
Para ellos, Ikea es poco menos que un parque de atracciones. Para un país acostumbrado al "gris dictadura" y al diseño con base hormigonada, la explosión multicolor -y pelín hortera, todo sea dicho- de madera y plástico barato de Ikea es demasiado. Les encanta. Llenan carros enteros, como si la tercera guerra mundial fuera a declararse por falta de suministro de muebles.
Emociona encontrar viejos conocidos en Pekín -paseen por cualquier Ikea y sorpréndanse de la cantidad de tonterías suecas que se acumulan en una casa. Reconocer lámparas, camas, armarios, sillas y hasta vasos es un pasatiempo curioso.
Además, se dan circunstancias inquietantes, como sentirse icono de la moda. No por 'fashion' ni por especial buen gusto, sino por occidental. La perplejidad se adueña de ti cuando escoges una sábana de colores cantones y te das cuenta que tres parejas de chinos te observan nada discretamente, para mimetizar tu elección cuando te vas. "El buen gusto del mundo desarrollado". Si supieran.
3 comentarios
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les sueques tb van "inventar" el top-less al nostre país i molt be eeeee
i a ikea et pots relaxar??? pero si es la botiga mes estressant del mon...
salut!
Genial el post! (y lo digo en plenas facultades a pesar del no-calor de Sevilla que nos tiene descolocaos) Y qué suerte ser la Carrie Bradshaw de Pekín, ya sólo te faltan los Manolos y puedes hacer la versión oriental de Sex in the city! (por lo de icono de la moda claro, que yo voto por respetar la intimidad de los personajes públicos) besos!
@xevi: les sueques tenen innegables virtuts, però el comentari "parajers style" m'ha fet riure molt. Ikea és molt gran, però evita'l un dissabte. I ves no t'en montin una a Torelló, que fliparàs.
@pillary: agradecido por los halagos, pero perplejo ante la mención a Carrie Bradhsaw. Nadie jamás había apreciado mi dudosoy nada elaborado gusto. Pobres pekineses.