El hallazgo no es mío. Se lo debo a un colega y sin embargo amigo mexicano. Un tipo muy duro, que lleva por Pekín algo más de un año, no habla más de diez palabras de mandarín y odia por decreto la comida de los hijos de Mao. Su radio de acción en Pekín es muy limitado: él lo llama la República Independiente de Sanlitun, un barrio al este de la ciudad pero paradójicamente el más occidental de todos ellos.
Son unas pocas calles, los últimos resistentes de El Álamo. La irreductible aldea dónde existe el aceite de oliva, el pan de barra, la cerveza de barril, el ketchup, la música pachanga, los subtítulos en inglés y los ojos azules. Magia pura en la capital china.
Sin embargo, a menos de un mes de los cacareados Juegos Olímpicos -y lo que falta todavía por escribir de ellos-, la República Independiente de Sanlitun sufre una transmutación. Al esperable aterrizaje de miles de nuevos miembros (atletas, periodistas, patrocinadores, turistas y chupópteros varios) se le une una cierta pérdida de identidad. Cuidado. No es una crítica estándar en plan "Santliun ya no es lo que era. Ahora es mucho más comercial, bla-bla-bla". No van por ahí los tiros. Sanlitun siempre ha sido un rincón de consumo y que así siga. Basta con ver la cara de éxtasis del expatriado cuando acaricia(mos) un bote de tomate frito o un paquete de mozzarella en el supermercado occidental para darse cuenta de qué va el tema. No me refiero a autenticidad, sino a historia.
China está a punto de vivir su primer momento de gloria internacional moderna y nadie de por aquí está dispuesto a que salga mal. Se controlaron las obras y se controla el clima. Se provoca la lluvia y se pasan las bolsas por un escáner de metales para coger el metro. Se controlan los movimientos y -suspiro- se controlan los visados, especialmente de los extranjeros, todos potenciales agitadores. No son pocos los extranjeros que se han visto obligados a salir de China tras intentar renovar sin éxito su visado, con la respuesta de "vuelva usted después de las Olimpiadas". El celo de los hijos de Mao ha obligado a decenas de estudiantes, hombres de negocios y hasta maridos occidentales con esposas e hijas chinas a ver los Juegos por la tele desde su país de origen. No se renuevan visados ni se hacen de nuevos, a no ser que sean de turismo o que seas amigo personal de Wen Jiabao. Esta salomónica medida, muy china, ha descabezado algunos de los históricos de Sanlitun.
Las terrazas de Sanlitun están ahora en un impás extraño, más vacías que en meses anteriores y a la espera de la orgía olímpica. Occidentales, de los que hablan chino y los que ni lo intentan, de los que llevan años -alguna década incluso- y que han sido invitados a regresar tras el festín. Por ellos, que pasen los Juegos, y que todo vuelva a ser todo lo normal que puede ser China, que tampoco es mucho.