Badaling es el punto de la muralla china más cercano a Pekín. Situada a unos 70 kilómetros al noroeste de la capital china, también es la de mayor afluencia de gente. Diariamente llegan hordas de turistas en autobús para hacerse tan preciada foto que ríanse de los ejércitos de orcos de Mórdor. Ya saben: yo estuve allí y todo eso. Hijos de Mao e hijos del dólar, que para eso todos somos iguales. La pared de casi 6.500 kilómetros levantada por los chinos para protegerse de las invasiones de Asia Central acaba profanada día tras día por gente en chancletas y bolso a juego. Badaling es, probablemente, el mejor ejemplo de superpoblación monumental. Dicen que no es el trozo más bello, ni el más auténtico. Me lo creo: dudo que la Gran Muralla ideada por los sucesivos emperadores chinos dispusiera de una montaña rusa, de un teleférico, de antenas de telefonía móvil y de un cartelón de cincuenta metros en medio del monte que recuerde el eslogan de los Juegos Olímpicos: "One World, One Dream". Hala, todo el (opinable) valor paisajístico-simbológico de la imagen a tomar viento.
Badaling es un hervidero de gente. Si uno es de buena fe y quiere subir andando desde el primer escalón acaba por desesperarse. Al calor asfixiante de esta época se le puede sumar el hartazgo de ascender con un tipo pisándote los talones, mientras tú, obediente, calientas los tobllos a tu predecesor. Hay colas y atascos de gente, como en la sección de bragas a un ero en el primer día de rebajas de El Corte Inglés.
La muralla, reconstruida en los años 50 del siglo pasado -nota mental: acabo de darme cuenta, por primera vez, de que yo mismo nací en el siglo pasado- es del tipo cartón-piedra de parque temático. Con un acabado rústico más falso que un billete de 13 yuanes firmado por el Dalai Lama, uno descubre que por dónde pisan los millones de turistas no es más que una recreación. Tanta emoción para darse cuenta que, si se fija la mirada, se puede observar como una treintena de metros del camino una irregular línea de piedras se alza de vez en cuando, en una más que probable extinta Gran Muralla sin que nadie le haga puñetero caso.
La lógica empírica lleva a pensar que a medida que se van superando almenas, se debe encontrar menos público. La selección natural de Darwin a través de escalones y cuestas empinadas. No se equivoquen: los hijos de Mao tienen consideración para los menos atléticos. El mencionado teleférico es muy útil para que la entrañable pareja de ancianos chinos te esté esperando en lo alto de la montaña, fresco como una rosa primaveral y cámara en mano, para inmortalizarse con el extranjero sudoroso. ¿Hay algo más desagradable que ser abrazado por un hijo de Mao cuando uno está empapado? Sí, ser abrazado por cinco, mientras por detrás ataca el vendedor de 'souvenirs'. Argh.
Luego, la frustración de ver como la cola de la montaña rusa que desciende por la muralla es inasumible. A pesar de los 30 yuanes que cuesta la broma (más que un almuerzo chino en un restaurante medio pekines), la ilusión de hacer el bobo completamente se desvanece. No, todavía no puedo decir que he bajado de la muralla en trenecito, aunque adiverto que otras opciones 'frikis' como deslizarse en tobogán o saltar en una tirolina por la Gran Muralla también están al alcance del buen viajero. No me digan que no es tentador.

jajajajajajja, boníssim article Guillem! Records putilla (i dona'ls a aquell parell de part meua i encara hi son!!)
La foto és teva? - has aconseguit veure la muralla en amplia perspectiva, sense boira?, i el que és més sorprenent: has tornat al mateix lloc per repetir visita?
Petó.
@Dr. Almo: ja he embarcat els paquets amb destinació Barcelona. Torno a estar sol (i una mica més tranquil)...
@mamen: no, la foto no és mai meva. sí que vam tornar a anar a badaling (altra vegada l'últim dia i amb presses) pero amb bon temps.