Cuando la cuenta atrás para los Juegos Olímpicos está a punto de quedarse en una sola cifra y la histeria colectiva crece por momentos, el trabajo me lleva a otro lado. Si en el idioma de Confucio Beijing es literalmente "la capital del norte", ahora mismo me encuentro en lo que vendría siendo "la capital del sur", es decir, Nanjing. Estaré por aquí una semanita, para regresar justo a tiempo para la gran inauguración, que veré por la tele, como el común de los mortales. En fin. En próximos días les escribo sobre esta ciudad, que tiene un pasado intenso.
Pero hoy déjenme hablarse de una de mis últimas experiencias en Pekín, antes de volar al sur. Cumplidos más de seis meses en China, todavía no me había cortado el pelo. Llevaba,como pueden imaginar, una bonita melena rizada, muy poco china.
Así que procedí a ir a la peluquería. No es tarea fácil en Pekín, probablemente la ciudad con más establecimientos de este tipo en todo el mundo. Entre los legítimos -es decir, los que sólo te cortan el pelo- y los otros -que te pueden cortar otras cosas, pongamos, la abstinencia sexual-, de cada cuatro negocios, uno pertenece al gremio. La elección estaba complicada: muchas opciones, a precios variopintos. El único requisito que consideré razonable es que alguien fuera capaz de hablar inglés. Tampoco pedía mucho.
Una vuelta en bicicleta tanteando opciones por distintas calles hizo decantarme por una de las pocas con cartel exterior en inglés. "Essence hairdresser". El peluquero de la esencia. Vaya. Un poco grandilocuente, pensé. Pero los chinos son así. En fin. Aparqué la máquina y me decidí a entrar. Que fuera lo que Mao quisiese. La recepcionista me miró divertida. "I want a haircut". Me sonrió y dijo que sí, ofreciéndome con la mano para que pasase. Desde dentro, asomaron las primeras cabezas del personal, curioso. Antes de entrar, le pregunté directamente en chino que cuánto me iban a cobrar. Me sacó la manida calculadora y apretó el 5 y el 8. Luego comentó algo que no entendí y apretó el 1, el 0 y otra vez el 0. Puse cara de hijo de Harry el Sucio y le dije que 58 era un precio acorde a mis límites presupuestarios.
Todo fue tan natural que hasta que no entré dentro, no caí en lauenta que no había preguntado si el inglés era un idioma franco en ese local. Respuesta apesadumbradamente negativa: "No-no". Muy bien, chaval. Tienes delante de ti un lavacabezas de líneas casi ortopédicas y una simpática mandarina te pide que te sientes. Mmm. Bueno, "hemos venido a jugar", que dicen en los concursos. Pues eso. Valor y al toro.
La muchacha se esmeró e incluso hubo una tímida tentativa de iniciar una charlal, que terminó en fracaso estrepitoso. No saben lo complicado que resulta entender el mandarín con agua y jabón en las orejas.
Ya sentado, delante dle espejo y -importante- sin gafas, vino el momento clave. Una pizpireta peluquera me saludó y se me puso detrás observando la cabellera como el golfista analiza el hoyo antes de embocar un putt. Acto seguido me miró y con los ojos hizo un gesto ostensible de "¿qué va a ser?". Intenté ser sucinto y didáctico. "Short, señorita, lo quiero short". Incrementé la fuerza de mis palabras con las manos señalando el tamaño que quería. Pareció entenderlo. Se dio la vuelta y cuando todo parecía indicar que la función estaba por arrancar, sacó un bonito tomo de enciclopedia ilustrada de peluquería. Me lu puso sobre las rodillas. Dónde no llega la lengua, sí lo hace el dedo ejecutor. Centenares de fotografías de modelos con distintos cortes de pelo. Me encanta la gente con recursos y la chica se me ganó. Le señalé un dudoso peinado corto, sin mucho artificio. Una cosa es jugar y la otra rizar el rizo -qué chiste más lamentable, por favor.
Una vez clara la estrategia, todo discurrió con apacible normalidad. Tenía a una decena de empleados chinos mirándome y explicándome cosas sobre mi pelo en el idioma de Mao. Que les encantaba el pelo rizado, que los chinos no lo tienen así, que si tampoco hay rubios,ni castaños. Era una mezcla extraña de peloteo y fascinación. Tocaban los rizos y se reían. Otra empleada se dedicaba a pasarme un pincel por la cara para extraer los pelos sueltos, concretamente cada 30 segundos. Me sentí como el difunto Copito de Nieve, el gorila albino, cuando hordas de niños -yo entre ellos- aporreaban los cristales de su jaula en el Zoo de Barcelona. Al cabo de unos minutos, ami también me salió la cara de hastío que él ponía siempre.
El proceso concluyó sin más sobresaltos, con un razonable éxito y múltiples reverencias a mi salida. Volveré, supongo, pero pasará un tiempo hasta que logre acumular la paciencia necesaria.
PD: Al pisar la calle, me sorprendió la aerodinámica de mi pelo. Notar el aire escurrirse entre la cabeza y las orejas es una sensación nueva y algo escalofriante. Definitivamente, llevaba años con el pelo largo.

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