Nanjing será recordada como la ciudad en que la lluvia es capaz de caer durante más de 72 horas seguidas. Una ciudad en la que comí peor que nunca, en la que apenas salí y dónde, sin embargo, fui razonablemente-muy feliz. Será la urbe de cielo gris eterno y gente que no habla apenas inglés, el lugar de los voluntarios voluntariosos y asombrados. Allá se quedan no menos de 30 cámaras fotográficas y libretas autografiadas con mi recuerdo, por el simple hecho de tener los ojos verdes y almendrados y el pelo medio rizado. Hasta un ramo de flores recibí, oigan. También será el lugar en el que los supermercados tienen peceras con víboras, ranas y tortugas, todo vivo, para que puedas escoger qué exquisita cena exótica deseas. Y finalmente, se tratará de un sitio dónde cumplí un sueño que tenía de muy pequeñito, cuando los duendes me obligaban a escribir alineaciones de fútbol y baloncesto.
Nanjing será la ciudad en que uno pregunta, medio ahogado entre cien chinos "Manu, ¿tienes un minuto para charlar?" y Ginóbili mira treinta centímetros abajo y asiente. Un lugar en el que un jugador de la NBA -Fabricio Oberto, gran tipo- te guiña un ojo en el calentamiento y sonríe "¿Todo bien?" y en el que Luis Scola, que antes tampoco fue santo de mi devoción, responde con invariables monosílabos "Sí, no, quizás". Un sitio extraño, en primera fila del parquet, en el que hasta un Irán-Serbia es bonito.
Escribo este post desde las alturas, más arriba que nunca. No por el ánimo -Pekín es ahora mismo, sinónimo de horario laboral interminable, calor infernal y estrés máximo- sino por una cuestión puramente física: estoy sentado en un avión. Gozo del privlegio de viajar junto a la ventana, con dos butacas vacías a mi lado, a pesar de que el avión va lleno hasta la bandera de hijos de Mao. Ser occidental a veces tiene ventajas: las aerolíneas chinas, en el mejor estilo del estado de Alabama el siglo pasado, junta a los extranjeros en una fila separada del común de los pasajeros y en este vuelo sólo hay un tipo que no habla mandarín. ¿Adivinan quien?
La cuestión es que el avión ya vuela y cruzó la tornenta, elevándose por entre las nubes. Eso hace que el cielo sea tan azul que duelen los ojos. Tan azul, por otro lado, como debería ser. Pero en China hay muchas cosas que no son como deberían ser, el color del cielo entre ellas. Por eso, por nostalgia del azul mediterráneo -o azul vaquero, que leí por allí-, el de los días de playa, el de las postales, el del verano, el que hace mucho que no veo, permitirán que les abandone aquí para proceder a mirar el cielo. Tanto gusto.