Paren máquinas: esto todavía no ha empezado. ¿De verdad? Pero si ya ha habido un atentado al noroeste de China, una manifestación cerca de Tiananmen, unas pancartas de Tíbet libre colgadas al ladito del Estadio Olímpico, otro terremoto en Sichuan, un tifón suspirando cerca de Hong Kong y un montón de cosas pequeñas que obligan a jugar al corre-corre-que-te-pillo con los taxis durante todo el día... Si todo fuera eso. Pegado al teléfono móvil: un diálogo, pongamos, inventado.

- Vengo de la Villa Olímpica y voy a la embajada de Venezuela. Después regreso al Nido para volver a la oficina cuando acabe, que me han pedido una crónica de radio desde Madrid. Llevo la grabadora, la cámara de vídeo y la cámara de fotos.
- Vale. Yo estoy en un hotel con una asociación ecologista, pero luego tengo que ir a Tiananmen que pasa la antorcha por ahí y después me acercaré al Ministerio de Exteriores porque el ministro español se reúne con el chino.
- Guay. ¿Llevas todas las acreditaciones?
- Llevo el pasaporte, la tarjeta de prensa del Gobierno y el pase del Media Center.
- Bien, pero para grabar la antorcha había que pedir otra acreditación separada.
- Sí, tranquilo, la pedí anteayer.
- Pero la de anteayer sólo valía para ayer, porque caducan a las 24 horas.
- M...

Pues eso. Que estos días Pekín parece un granja de animales. No me malinterpreten: también hay atletas, pero, a poco que sea alguien, todo el mundo -repito: todo el mundo- lleva colgando del cuello una identificación: sea periodista, deportista, diplomático, policía, traductor, voluntario o aparcacoches a tiempo parcial. Todos marcados, como los niños cuando suben a un avión, como las vacas cuando van al matadero.
Los hay que directamente fardan de ella. Las acreditaciones más codiciadas (las de color amarillo, que abren casi todas las puertas) lucen brillantes en la pechera, como un trofeo, tanto de día como de noche. Algo así como los cinturones de artes marciales: "Yo soy un tío importante porque mi plástico es amarillo. Tú eres un súbdito porque el tuyo es blanco". Así la pierdas, cabronazo.
No hace falta especificar a qué grupo pertenezco: con recordar mi condición laboral se adivina fácilmente. Ello obliga a tener que gastar cada día una cantidad ingente de tiempo en trámites burocráticos. Alguna vez ya conté lo aficionados que son los hijos de Mao a las listas interminables de papel para todo. Así que los "blancos" -nada que ver con el color de la piel, ya que la mayoría de blancos de piel son amarillos de plástico, y viceversa- andamos mendigando acreditaciones para todo.

Nadie es capaz de hacer una lista conjunta de datos. Para qué. He dado mi número de pasaporte y de tarjeta de prensa a diez organismos distintos -¡y todavía no hemos empezado!- y lo peor es que no hay ninguna certeza física que vaya a servir para entrar dónde quiero. Desde el lunes, las autoridades chinas entretienen a los periodistas con un juego novedoso: se llama "adivina la puerta por la que podrás entrar a cada sitio" y se trata de una carrera de obstáculos en la que a la meta hay un premio en forma de rueda de prensa insufrible.
Entre los mayores retos, está el superar tres cordones policiales consecutivos, eludir dos controles de metales con dos teléfonos móviles, llaves, portátil, reloj, cinturón, acreditaciones en el bolsillo, recorrer una caseta de voluntarios involuntariosamente torpes y hacerle entender al taxista que un coche de policia en una esquina no obliga a parar subitamente. Si fallas en cualquier prueba, date por muerto: no lograrás pasar.
Hablando con los recién llegados a Pekín, todos comentan lo bien organizado que está todo. "Da gusto con los chinos". De aquí a dos días les volveré a preguntar.