Puede sonar presuntuoso, pero déjenme pasar lista: jefes de Estado y de gobierno de más de la mitad de los países de la Tierra, 10.000 atletas -los más altos, rápidos y fuertes, por tierra, agua y aire-, más de un millón de fuerzas de seguridad, 30.000 periodistas, casi 500 televisiones y el resto del mundo mirando hacia aquí.
Se hace raro, que quieren que les diga. Con lo cómodos que vivíamos siendo el culo del mundo. Me gustaría hablarles de lo bonita que está la ciudad y de lo apasionante que es vivir los JJOO en directo, pero me temo que el tema está complicado.
Haciendo unas cuentas así por encima, llevo más de cien horas trabajadas en siete días, una media que roza el esclavismo pero que, en mi mejor estilo masoquista, no me sabe mal. Con momentos enormes y con tonterías más grandes todavía, haciendo temas útiles y otros simplemente por obligación. Eso son los Juegos: un montón de cosas que pasan mientras el mundo aplaude y mira las repeticiones por la tele. Y ahora que lo pienso, yo he visto pocos Juegos por la tele.
Los dos únicos momentos de tranquilidad fueron la ceremonia de inauguración -menuda paja mental de Zhang Yimou, trote aéreo a cámara lenta de Li Ning incluído- y un partido de baloncesto entre China y USA, que ni ha sido partido ni ha sido baloncesto.

- Clase de titulares grandilocuentes (todos reales): "China explota", "El gigante que no estaba dormido" y mi favorito "Pekín ilumina a la humanidad"

Entre medias, he conocido atletas españoles, brasileños, venezolanos, cubanos y mexicanos, medallistas, príncipes, ministros, expresidentes, bebés afortunados y otra gente de esa calaña.
Esta semana, además, ha sido rica en actividades extradeportivas: una invasión militar mientras inauguraban los JJOO, unas protestas en Tiananmen, un perturbado acuchillando americanos y un par de atentados uigures en el otro lado del país. No sé si me dejo nada. Ah si, esperen. Los propios chinos disparando un millar de cohetes a su cielo para disipar las nubes del viernes. Consiguieron aplazar la lluvia hasta esta tarde, que ha decidido empezar a caer de golpe y trastabillar los calendarios previstos.
Así que, sin ser especialmente agorero, se puede adivinar que los (quizás) "mejores Juegos Olímpicos de la historia" penden de un hilo poco estable. A pesar de que se ha salvado un 'match-ball' en la apertura (¿quién no había pensado que un monje budista saltaría al campo?), la sensación es de follón latente.
Por suerte, los deportes parece que han tomado la iniciativa. Un asturiano simpático ganó un oro cuando nadie daba un duro por él y China se está disparando en el medallero y las columnas de opinión banal ya tienen el tema de la nueva superpotencia deportiva para llenar líneas. Con eso, el calor y la contaminación, ya les llega para varios días.
Además, los grandes líderes mundiales ya se van retirando: Sarkozy sólo vino para unas horas para que no tuvieran tiempo a atizarle, Putin se despidió el sábado para terminar no se qué en Osetia del Sur, Bush se va hoy después de haberse fotografiado con el equipo femenino de voley-playa y la princesa Letizia también se volvía a Mallorca a por los niños.
Por eso, el estoico grupo de extranjeros residentes en Pekín -por favor, no se nos confunda con las horas de acreditados que se pasea impunemente por las calles pekinesas estos días- confía en recuperar la normalidad poco a poco. Ya saben: añoramos volver a ser aquel país cerrado, opaco, en el que nada pasa y que sólo sale en los periódicos por la férrea dictadura y en las televisiones porque un hijo de Mao cualquiera ha batido el récord guiness en comer sopa de tortuga boca abajo mientras se afeitaba el sobaco oyendo música de Tchaikovsky.