Michael Phelps y Liu Xiang encarnan las dos caras de los Juegos de Pekín. A pesar de que tiene toda la pinta de que China va a ganar en el medallero olímpico por primera vez en la historia -hoy tímidamente ya se empieza a insinuar el orgullo patrio en los medios mandarines-, Phelps es la rostro de la gloria de Pekín. Su cara de paleto, su cuerpo amfibio y la sonrisa amplia repitieron en lo más alto del podio en ocho ocasiones en otros tantos días. Si Phelps fuera un país, iría octavo en el medallero, por delante de Italia, Francia y esa potencia deportiva de nuevo cuño llamada España.
No obstante, para los hijos de Mao, los Juegos Olímpicos de Pekín tenían, antes de empezar, dos rostros: Yao Ming y Liu Xiang. Yao porsu proyección universal en la NBA y como emblema del equipo chino, pero sin apenas opciones de subir al podio. De hecho, recuerdo que en un breve aparte que pude tener en Nanjing con Jonas Kazlauskas, el lituano entrenador de la selección china de baloncesto, el tipo se echó a reir cuando le pregunté por una hipotética posibilidad de medalla.
Ante eso, Liu Xiang era la gran esperanza amarilla ante el mundo Se pueden sumar decenas de medallas en gimnasia, en halterofilia, en ping-pong y en saltos de trampolín, pero él era el único chino que ha ganado en pruebas de velocidad de atletismo, una 'rara avis' en el coto privado de fornidos tipos negros, la imagen antropomórfica del gigante que aspira a dominar. Hace tres meses ya hablé de sus dudas razonables: es complicado correr 110 metros y saltar diez vallas cargado con una mochila de 2.600 milllones de ojos mirándote.
Liu, el tipo de la sonrisa encantadora, el que mejor queda en los anuncios publicitarios, el yerno perfecto, no ha podido correr, o no ha querido, o quien sabe. Su entrenador, Sun Haiping, salió en rueda de prensa y todas las televisiones del país cortaron la programación para retransmitirla. El tipo -un chino malencarado y con fama de soberbio- se echó a llorar como un niño pequeño. Quizás no se sorprendan, pero que un hijo de Mao curtido en mil batallas llore en público es inaudito. Aquí la lágrima del dolor acostumbra a ser íntima, o al menos, no excesivamente abierta.
Nada de esto se sabía a las 11.50 horas de la mañana del martes, cuando Liu tenía que debutar en la ronda clasificatoria. Esta vez no pude verlo en directo, pero la impresión no fue menor: me encontraba en el Olympic Green, la zona adyacente al estadio El Nido, un área de paseo cerrado por la que hay que cruzar para acceder a la mayoría de recintos olímpicos.
Veinte metros fuera del estadio, las reacciones del público se oían como si estuvieras dentro y procedimos a grabar el sonido ambiente (es lo que tiene carecer de derechos de retransmisión). Imaginen la línea temporal: a eso de las 11 y 40 el estadio retumbó por la salida de los atletas. A las 11 y 48 se presentaron los corredores, con la aclamación unánime de uno sólo, que iba a correr por la calle dos. Después se hizo el silencio y, de repente, un "oooooooooh" prolongado. A las 11 horas, 50 minutos y 15 segundos, los primeros chinos salían escopeteados con caras largas. Fuera, desconocedores de lo que había pasado, tuvimos que preguntar. "No, Liu no se ha clasificado. Ni tan solo ha corrido". Joder. Drama nacional.

Aprovechamos para encuestar a los chinos en su apresurada salida: ¿pena, decepción, odio? Pues no, el sentimiento primario era de lástima. Agarramos a un 'hooligan' emocionado que acabó su entrevista levantando el brazo mientras proclamaba "No llores Liu Xiang, no llores China" para luego pedirme una foto. Sin embargo, la mayoría de hijos de Mao recuperaron su mejor estilo estoico poniendo cara de por-aqui-hemos-aguantado-emperadores-y-hambrunas-llevamos-60-años-de-partido-único- y-lo-que-te-rondaré-morena. Además, a estas alturas llevan ya 40 oros y han encontrado nuevos héroes a los que adorar. Los telediarios nunca engañan: en la primera noticia se lamenta el fracaso del ídolo caído, pero la segunda ya glosa la vida de los flamantes campeones, con el himno de fondo y el orgullo renovado. Mientras en las pausas publicitarias, ya empiezan a asomar los rostros de las nuevas estrellas mientras que los carteles del 'yerno perfecto de China' están hoy un poco más descoloridos que ayer. El deporte es "asín", amigo Liu.