Retrocedamos cincuenta y algunas horas atrás en el tiempo: los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 están a punto de terminar. La cita olímpica empezó hablando de derechos humanos y acabó haciéndolo de prodigios humanos. Pekín se despedía en una bonita ceremonia que aunaba el kung-fu, David Beckham y Plácido Domingo (?), en el mejor estilo 'popurri' de los bazares chinos, que tanto venden un mechero de queroseano como una vajilla de porcelana.
Analizar algo que pasó hace tres días permite saltarse los cánones ortodoxos y destacar tonterías, como por ejemplo, que no vi la ceremonia, ni en directo ni por la tele. Los datos oficiales hablan de un 'rating' del 80% por ciento en China. En teoría, cuatro de cada cinco chinos estaban delante de la tele, algo así como 1.050 millones de televidentes. En fin. Yo me debí cruzar sin querer con todos los subversivos inconformistas de Pekín, que quedaron para tomar algo, pues las calles de alrededor de la oficina estaban como un día normal. Ya saben: hijos de Mao en cuclillas, bebiendo cerveza, fumando apestoso tabaco negro y jugando a ver qué niño sin pañales caga primero.
En esas andaba, cuando me llamaron para un último encargo. En estos JJOO, mi papel era algo así como el de un sicario del jefe, hacía lo que me mandaban. Imagínenme: un Joe Pesci de la vida pero con gafas, cara de razonable buen chico y sin palillo en la boca. Pues eso, que la última noche tenían reservado un "trabajito" para mi. Descolgué el teléfono con celeridad. Alguien -ni bajo mil torturas revelaré su nombre, la vendetta sería peor- me mandaba ir a un conocido restaurante de Pekín, español para más señas. Un grupo de amigos que celebraban una fiesta importante allí y había que colarse como fuese. "Cada hombre tiene su propio destino", me susurró Marlon Brando, digo Vito Corleone. "Ningún problema, padrino".
Debo reconocer que el encargo me gustaba. Era la guindilla perfecta del pastel olímpico, una vez vistas las lágrimas de Liu Xiang, los cuádriceps galácticos de Usain Bolt y las orejas aerodinámicas de Michael Phelps. Los chicos del baloncesto español, medallistas de plata en un enorme-quizás-el-más-grande partido contra USA, celebraban el hito.
No tiene el blog vocación amarillenta, pero hubo momentos muy jugosos durante la noche. Verbigracia: el solomillo a la brasa, poco hecho, que sirvieron y que todavía me hace salivar. También me hizo gracia poder hablar con Navarro, Rudy, Felipe Reyes, Jiménez -"una buena despedida"- y hasta con Pau Gasol, alias "llego dos horas tarde a la cena". Hubo muchas risas, fiesta, alcohol -para ellos- y un aparte interesante, escondido y con el que topé por accidente. Me gané una mirada de reprimenda. Encontré a un maestro, Aíto, explicando la lección a sus alumnos de septiembre, Carlos Jiménez y Berni Rodríguez. No se debe vivir mal en Málaga.
A todo eso, también había por allí un niño, 17 años de flequillo tapándole los ojos, incrédula madurez, brazos largos, aire desgarbado, sonrisa sardónica. "A veure la medalla", le pedía una niña sospechosamente parecida a la mamá del artista. La mujer, encantadora por cierto, se confesó con el becario. "Hace un año lo veíamos juntos por la tele en el sofá, y mírale ahora". Ahora el nene se pasea por la pista, mientras mamá hace lo propio por Pekín.
La ocasión lleva a recuperar, otra vez, a David Trueba. "Sabes que ha dejado de ser joven cuando su jugador favorito es más joven que tú". Ricky, chico, ¿qué necesidad había de ser de 1990?

PD: Estoy cansado y bastante quemado de un mes de trabajo intenso y horario demencial. Así que me voy de vacaciones, que ya tocaba. Destino: Malasia, primero Kuala Lumpur, luego las playas desiertas de Kota Bahru, para acabar paseando por Hong Kong. Me llevo al Conde de Montecristo, a Los Miserables y un bañador. Sospecho que el teléfono móvil no dará señal.

PD2: No hay fotos del momento, por ética profesional. Tampoco habrá fotos de Malasia, por descuido personal. Moraleja: nunca te olvides tu bolsa en un McDonalds de Pekín, que los chinos son muy vivos.