La segunda etapa malaya empezó, cosas de la lógica, dónde terminó la primera. Muy pronto por la mañana, unos amigos, mis legañas y yo subimos a un avión con destino Kota Bharu. No, yo tampoco sabía dónde estaba eso, pero se trataba del aeropuerto más cercano a las Islas Perhentian, destino final.

Aunque llamar aeropuerto a Kota Bharu es ser excesivamente optimista. Se podría dejar en "aeródromo" sin problemas morales y en "una pistilla de asfalto y una salita apañada al lado" siendo algo más picajoso. De Khota Bahru, el camino siguió durante otra hora mediante taxi, para luego completar la ruta con otra horita en lancha. Básicamente, podría decirse que hay pocos sitios más alejados de todo que las Islas Perhentian.

Las Perhentian son un par de islas en la costa noreste de Malasia, casi tocando a Tailandia. ¿Cómo son? Como la isla de Lost pero sin cosas raras. No divisas tierra firme y sólo hay vegetación abundante tocando al mar, arena blanca, agua turquesa de esa que queda tan bonita en las fotos y buen rollito general. No me hubiera extrañado cruzarme con Jack o el gran Locke por ahí, pero no pudo ser. Debían andar ocupados.

El transporte por las islas es exclusivamente por mar y resulta curioso y tremendamente 'chic' cogerse la barca para ir a buscar una playa desierta, pero desierta-de-que-no-hay-nada-ni-un-triste-chiringuito. Más emocionante todavía es meterse siete personas en una lancha con mar brava ya de noche y volviendo de una puesta de sol, pero eso ya es otro tema.

La soledad entronca directamente con la sensación de "centro de rehabilitación" que planea sobre estas playas. Se trata de un lugar tan bonito, tan relajante y tan cerrado a las diez y media de la noche que no hay otra opción que desarrollar una vida sana. Se bucea por la mañana, se bebe un zumo de frutas, se toma el sol, se lee un libro, se hace algo de kayak, se come pescado en una barbacoa y buenas noches. El ambiente es tan puro que hasta Amy Winehouse podría lograr una esperanza de vida superior a los 30 años.

Además, la idiosincrasia malaya, musulmana mayormente, tampoco facilita la vida disoluta. El alcohol está semiprohibido y es horrorosa sensación la de leer la carta y no ver una triste cerveza, aunque los audaces camareros manejaban un mercado negro de mínimos a precios echorbitantes. De la misma manera, se antojaba extraño compartir playa -aunque a muchos metros de distancia, faltaría más- con mujeres en burka y maridos barrigones en bañador apretado.

Después de una semana introspectiva, me miro al espejo y me doy cuenta que tengo buena cara. Las eternas ojeras han remitido algo y la impresión general es (casi) la de una tipo saludable. Sin embargo, creo que el bienestar y el áurea zen van a durar poco: otra visita barcelonesa amenaza con enturbiar la paz y volver a sumergirme en la oscuridad pekinesa. De momento, ya lo consiguió en la escapada hongkonesa, último capítulo turístico post-olímpico.