No debe ser tan sólido el vínculo cuando la lista de amigos perdidos es siempre mayor que la de amigos conservados

Hay veces que Pekín parece un erial. Es complicado de entender, así que un ejemplo puede explicarlo: basta con tener un móvil cerca. Bueno, rectifico: basta con tener un móvil cerca, llegar a una ciudad en plena fiebre preolímpica y decidir quedarte no sólo a la resaca post-olímpica, sino también cuando toca fregar los platos tras la fiesta.
Empecemos. Se enciende el aparato. Se teclea "Agenda", apretando posteriormente "Select". Con la A aparece Alberto, que vino unos días a retratar los Juegos Olímpicos y regresó a España. También Amaury, un francés que se tuvo que ir antes de hora porque los amables funcionarios del Buró de Seguridad Pública chino no le renovaban el visado. Borja lidera la B, con un improvisado partido de futbol y la invitación para ir a la competición olímpica de voley-playa como grandes recuerdos de su fugaz Pekín. En la C, Carmen, de Pekin a Santiago pasando por Mallorca; con la D, Diana, que a saber dónde está. E, F, G, H, I, e ir sumando. Los hay en la J, en la K, en la L, M, N. Falta la Ñ, que por aquí no se estila mucho. Repasando datos, van pasando hijos de Mao e hijos de Putin, hijos del sushi, de la pizza y de la paella, hijos de la Volskwagen y de la Renault, y hasta hijos de la gran chingada, o de la concha de (su) madre. El último de la lista, empezando por la Y, es un tal "yo", de los momentos tristes en qué no sabía mi número y lo iba enseñando cual autista sordomudo.
En total, más de la mitad de los contactos que guarda mi lamentable móvil chino -el modelo más barato que había, para qué negarlo- ya no son útiles. Gente que, por mil razones, ya no coge la bicicleta por Pekín. Se cansaron, los echaron o nunca pensaron quedarse.
Quizás debería plantearme empezar a borrar nombres. No creo que la mayoría regresen en 2009.