6 Septiembre 2008
Hace años que no tenía vacaciones en agosto. Dicho esto, es septiembre y sigo en ellas. Ya saben, la dura vida del becario y todo eso. Les escribo desde Hong Kong, esa metrópolis, cuna de Jackie Chan y otros grandes pensadores modernos, pero permítanme darles cuenta de ello más tarde, en próximos posts.
Cronológicamente, hoy toca Kuala Lumpur, mi primer destino al empezar el periplo que me ha llevado a confundir monedas de distintos países en los bolsillos y querer pagar con lo que no toca.
Kuala Lumpur siempre fue un destino ilusionante, una especie de meca para servidor. Tan inexplicable fascinación provenía, como casi siempre, de una tontería. De pequeño, uno decía muchas, pero una de las preferidas era "Esto está en Kuala Lumpur", para referirse a algo que quedaba muy lejano en el espacio. Por eso, poco a poco, la sonora capital malaya adquirió rango de mito mental. "Kuala Lumpur tiene que ser un sitio mágico", a medio camino entre Cuenca y Mordor, otros dos referentes que usaba con el mismo fin.

No obstante, me dejó algo frío. La "confluencia fangosa" -eso significa literalmente su denominación en el incomprensible idioma local- tiene sus cosas buenas, es verdad. Las Torres Petronas son apoteósicas, quizás uno de los edificios más impresionantes que jamás se hayan plantado en el suelo. Pero más allá, el bagaje es escaso: una réplica descafeinada de Bangkok con aliño musulmán algo decepcionante.
De lo poco bueno, un monorrail fastuoso -homenaje a Los Simpson y su estupendo capítulo homónimo- que cruza las calles a un nivel más elevado. Sin ser barato, era un transporte divertido y montado con gracia. De lo negativo, los 'burkas' femeninos con 35 grados de calor y humedad asfixiante y una sensación general de "quiero y no puedo".
Malasia es un país complicado. Excolonia portuguesa, holandesa y británica -por ese orden- tiene una herencia innegablemente occidental, de la que no está especialmente orgullosa. Su actual estatus es el de una democracia parlamentaria que se cae a pedazos. Hay una sensación general de país que se aguanta con alfileres y la influencia islámica crece con fuerza, con un gobierno musulmán que tiene encarcelado al principal lider opositor, detenido por el rumboso delito de "sodomía". En fin. Como si en otros lados los gobernantes no dieran por el ídem.
PD: Hong Kong mola, pero el siguiente capítulo será dedicado a las Islas Perhentians, a la espera de la llegada de fotos ilustrativas.
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26 Agosto 2008
Retrocedamos cincuenta y algunas horas atrás en el tiempo: los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 están a punto de terminar. La cita olímpica empezó hablando de derechos humanos y acabó haciéndolo de prodigios humanos. Pekín se despedía en una bonita ceremonia que aunaba el kung-fu, David Beckham y Plácido Domingo (?), en el mejor estilo 'popurri' de los bazares chinos, que tanto venden un mechero de queroseano como una vajilla de porcelana.
Analizar algo que pasó hace tres días permite saltarse los cánones ortodoxos y destacar tonterías, como por ejemplo, que no vi la ceremonia, ni en directo ni por la tele. Los datos oficiales hablan de un 'rating' del 80% por ciento en China. En teoría, cuatro de cada cinco chinos estaban delante de la tele, algo así como 1.050 millones de televidentes. En fin. Yo me debí cruzar sin querer con todos los subversivos inconformistas de Pekín, que quedaron para tomar algo, pues las calles de alrededor de la oficina estaban como un día normal. Ya saben: hijos de Mao en cuclillas, bebiendo cerveza, fumando apestoso tabaco negro y jugando a ver qué niño sin pañales caga primero.
En esas andaba, cuando me llamaron para un último encargo. En estos JJOO, mi papel era algo así como el de un sicario del jefe, hacía lo que me mandaban. Imagínenme: un Joe Pesci de la vida pero con gafas, cara de razonable buen chico y sin palillo en la boca. Pues eso, que la última noche tenían reservado un "trabajito" para mi. Descolgué el teléfono con celeridad. Alguien -ni bajo mil torturas revelaré su nombre, la vendetta sería peor- me mandaba ir a un conocido restaurante de Pekín, español para más señas. Un grupo de amigos que celebraban una fiesta importante allí y había que colarse como fuese. "Cada hombre tiene su propio destino", me susurró Marlon Brando, digo Vito Corleone. "Ningún problema, padrino".
Debo reconocer que el encargo me gustaba. Era la guindilla perfecta del pastel olímpico, una vez vistas las lágrimas de Liu Xiang, los cuádriceps galácticos de Usain Bolt y las orejas aerodinámicas de Michael Phelps. Los chicos del baloncesto español, medallistas de plata en un enorme-quizás-el-más-grande partido contra USA, celebraban el hito.
No tiene el blog vocación amarillenta, pero hubo momentos muy jugosos durante la noche. Verbigracia: el solomillo a la brasa, poco hecho, que sirvieron y que todavía me hace salivar. También me hizo gracia poder hablar con Navarro, Rudy, Felipe Reyes, Jiménez -"una buena despedida"- y hasta con Pau Gasol, alias "llego dos horas tarde a la cena". Hubo muchas risas, fiesta, alcohol -para ellos- y un aparte interesante, escondido y con el que topé por accidente. Me gané una mirada de reprimenda. Encontré a un maestro, Aíto, explicando la lección a sus alumnos de septiembre, Carlos Jiménez y Berni Rodríguez. No se debe vivir mal en Málaga.
A todo eso, también había por allí un niño, 17 años de flequillo tapándole los ojos, incrédula madurez, brazos largos, aire desgarbado, sonrisa sardónica. "A veure la medalla", le pedía una niña sospechosamente parecida a la mamá del artista. La mujer, encantadora por cierto, se confesó con el becario. "Hace un año lo veíamos juntos por la tele en el sofá, y mírale ahora". Ahora el nene se pasea por la pista, mientras mamá hace lo propio por Pekín.
La ocasión lleva a recuperar, otra vez, a David Trueba. "Sabes que ha dejado de ser joven cuando su jugador favorito es más joven que tú". Ricky, chico, ¿qué necesidad había de ser de 1990?
PD: Estoy cansado y bastante quemado de un mes de trabajo intenso y horario demencial. Así que me voy de vacaciones, que ya tocaba. Destino: Malasia, primero Kuala Lumpur, luego las playas desiertas de Kota Bahru, para acabar paseando por Hong Kong. Me llevo al Conde de Montecristo, a Los Miserables y un bañador. Sospecho que el teléfono móvil no dará señal.
PD2: No hay fotos del momento, por ética profesional. Tampoco habrá fotos de Malasia, por descuido personal. Moraleja: nunca te olvides tu bolsa en un McDonalds de Pekín, que los chinos son muy vivos.
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21 Agosto 2008
A pocos les sonará el nombre de "Merchandise 7x". Es cierto que no se trata de una formulación muy atractiva, pero esconde detrás la marca más conocida del mundo y, si me apuran, toda una cultura. Merchandise 7x es la denominación oficial de aquello que todo el mundo conoce como "el ingrediente secreto de la Coca-Cola", la guindilla de la fórmula secreta más millonaria que el bueno de John Pemberton se sacó de la manga de su bata de farmacéutico en 1886. Grande Pemberton, grande también la wikipedia.
Esta introducción nació hace escasos segundos, cuando mis dedos toscos provocaron el chasquido de la ¿tercera, cuarta, quinta? lata de cocacola de hoy. Los Juegos Olímpicos y sus divertidos horarios elásticos de trabajo -es un decir- empiezan a hacer mella en el gremio periodístico becarial pekinés.
Quizás sin darme cuenta del todo, la lista de vips conocidos empieza a ser digna del mitómano deportivo más pajero y del mayor aficionado a la prensa rosa: Michael Phelps cayó ayer y no, no me pisó. También estaban Ian Thorpe y Alexandar Popov, leyenda viva. Sí que me perdí a Rafa Nadal -niño bonito de TVE, aspiración imposible del resto- y hoy tuve que renunciar a Lebron James porque ya no daba abasto.
Entre medias mi relación con la realeza española empieza a tomar tintes demasiado amistosos: se fueron Letizia y Felipe y me faltó tiempo para tener que seguir a la Reina Sofía (impagable momento de un compañero, micrófono en mano: "¿Cómo la llamo? ¿Reina? ¿Señora?"). Cuando atina a verme a metro y medio de su cara, creo que el abuelo Samaranch ya me hace un gesto de complicidad extraña, aunque quizás sea producto de mi imaginación y de sus leves temblores faciales.
Mientras tanto, he reanudado mi afición a los estudios sociológicos patilleros. La conclusión es clarividente: los Juegos están muy bien organizados y los chinos son muy incomprensibles. Suena triste pero tampoco se puede esperar mucho de las hordas de juntaletras que se las dan de periodistas curtidos en mil batallas de todo el mundo y se abalanzan sobre la primera bandeja de jamón que sale de la cocina de la Casa de España.
Les pongo en situación: "Sí, sí, Pekín me encanta. Está muy bien montado. Lo de Atenas fue un caos, como Atlanta. Todo es cojonudamente barato. He comprado kilos de camisetas y anoraks en el mercado ese de baratijas. Los chinos son la ostia, pero no hablan nada de inglés, sólo chino y no se entiende nada. ¿Tú vives aquí, no? ¿Y cómo lo llevas? Esto debe ser raro de cojones... Chaval (al camarero chino que pasa por ahí), trae más jamón y una cañita". Cara de perplejidad del joven hijo de Mao. "Ves, lo que te decía: que quiero guan bíar y guan jamón. Díselo en chino tu que sabes".
Esto de la "Casa de España" es un sitio curioso: supuestamente se trata de eso, del lugar de reunión de la delegación española en Pekín, habilitado especialmente para los Juegos Olímpicos. Un lugar donde alternar -bonito verbo- con presuntos compatriotas y que a la práctica se ha convertido en un refugio gastronómico al que todo el mundo intenta hincar el diente, periodistas y
cualquier espabilado que pase por allí. Hoy que contado al menos un centenar de polos rojos con la banderita española que no eran atletas, ni periodistas ni diplomáticos y que no se iban de allí ni con agua caliente. La comida de los hijos de Mao es complicada, vale, y el shock cultural resulta fuerte, de acuerdo, pero por favor, llevan ustedes menos de dos semanas en China. "Ya, chaval, pero es que como en España no se vive ni se come en ningún lado". He ido a mirar por las esquinas, pero no he encontrado todavía la pandereta y la zambomba. Tampoco descarto que aparezca Manolo Escobar. Quedan sólo cuatro días. Tengo sueño.
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19 Agosto 2008
Michael Phelps y Liu Xiang encarnan las dos caras de los Juegos de Pekín. A pesar de que tiene toda la pinta de que China va a ganar en el medallero olímpico por primera vez en la historia -hoy tímidamente ya se empieza a insinuar el orgullo patrio en los medios mandarines-, Phelps es la rostro de la gloria de Pekín. Su cara de paleto, su cuerpo amfibio y la sonrisa amplia repitieron en lo más alto del podio en ocho ocasiones en otros tantos días. Si Phelps fuera un país, iría octavo en el medallero, por delante de Italia, Francia y esa potencia deportiva de nuevo cuño llamada España.
No obstante, para los hijos de Mao, los Juegos Olímpicos de Pekín tenían, antes de empezar, dos rostros: Yao Ming y Liu Xiang. Yao porsu proyección universal en la NBA y como emblema del equipo chino, pero sin apenas opciones de subir al podio. De hecho, recuerdo que en un breve aparte que pude tener en Nanjing con Jonas Kazlauskas, el lituano entrenador de la selección china de baloncesto, el tipo se echó a reir cuando le pregunté por una hipotética posibilidad de medalla.
Ante eso, Liu Xiang era la gran esperanza amarilla ante el mundo Se pueden sumar decenas de medallas en gimnasia, en halterofilia, en ping-pong y en saltos de trampolín, pero él era el único chino que ha ganado en pruebas de velocidad de atletismo, una 'rara avis' en el coto privado de fornidos tipos negros, la imagen antropomórfica del gigante que aspira a dominar. Hace tres meses ya hablé de sus dudas razonables: es complicado correr 110 metros y saltar diez vallas cargado con una mochila de 2.600 milllones de ojos mirándote.
Liu, el tipo de la sonrisa encantadora, el que mejor queda en los anuncios publicitarios, el yerno perfecto, no ha podido correr, o no ha querido, o quien sabe. Su entrenador, Sun Haiping, salió en rueda de prensa y todas las televisiones del país cortaron la programación para retransmitirla. El tipo -un chino malencarado y con fama de soberbio- se echó a llorar como un niño pequeño. Quizás no se sorprendan, pero que un hijo de Mao curtido en mil batallas llore en público es inaudito. Aquí la lágrima del dolor acostumbra a ser íntima, o al menos, no excesivamente abierta.
Nada de esto se sabía a las 11.50 horas de la mañana del martes, cuando Liu tenía que debutar en la ronda clasificatoria. Esta vez no pude verlo en directo, pero la impresión no fue menor: me encontraba en el Olympic Green, la zona adyacente al estadio El Nido, un área de paseo cerrado por la que hay que cruzar para acceder a la mayoría de recintos olímpicos.
Veinte metros fuera del estadio, las reacciones del público se oían como si estuvieras dentro y procedimos a grabar el sonido ambiente (es lo que tiene carecer de derechos de retransmisión). Imaginen la línea temporal: a eso de las 11 y 40 el estadio retumbó por la salida de los atletas. A las 11 y 48 se presentaron los corredores, con la aclamación unánime de uno sólo, que iba a correr por la calle dos. Después se hizo el silencio y, de repente, un "oooooooooh" prolongado. A las 11 horas, 50 minutos y 15 segundos, los primeros chinos salían escopeteados con caras largas. Fuera, desconocedores de lo que había pasado, tuvimos que preguntar. "No, Liu no se ha clasificado. Ni tan solo ha corrido". Joder. Drama nacional.
Aprovechamos para encuestar a los chinos en su apresurada salida: ¿pena, decepción, odio? Pues no, el sentimiento primario era de lástima. Agarramos a un 'hooligan' emocionado que acabó su entrevista levantando el brazo mientras proclamaba "No llores Liu Xiang, no llores China" para luego pedirme una foto. Sin embargo, la mayoría de hijos de Mao recuperaron su mejor estilo estoico poniendo cara de por-aqui-hemos-aguantado-emperadores-y-hambrunas-llevamos-60-años-de-partido-único- y-lo-que-te-rondaré-morena. Además, a estas alturas llevan ya 40 oros y han encontrado nuevos héroes a los que adorar. Los telediarios nunca engañan: en la primera noticia se lamenta el fracaso del ídolo caído, pero la segunda ya glosa la vida de los flamantes campeones, con el himno de fondo y el orgullo renovado. Mientras en las pausas publicitarias, ya empiezan a asomar los rostros de las nuevas estrellas mientras que los carteles del 'yerno perfecto de China' están hoy un poco más descoloridos que ayer. El deporte es "asín", amigo Liu.
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17 Agosto 2008
También se podría llamar el post que va tarde, o el post "muérete de envidia". La cosa hoy va de Usain Bolt, un tipo jamaicano al que todos deberían conocer. Se trata del hombre más rápido del mundo, y por mucho además. 9,69. Una diferencia así como de dos décimas de segundo, un bailecito, una palmada en el pecho y una zapatilla desatada.
- El bueno de Usain voló, literalmente. En segundo plano, unos que llegaron tarde: el tráfico en Pekín está horrible.
Me empieza a preocupar sobre manera que estos atletas míticos -Bolt, Phelps y compañía- sean más jóvenes que yo. Ya saben, las comparaciones son odiosas. Unos con oros olímpicos y otros con una beca. Después de este inciso-crisis vital, volvamos al tema.
Con apenas 41 zancadas y media, este hijo de (Bob) Marley copó hoy las portadas de periódicos y televisiones de todo el mundo. No es para menos. Lo de ayer pasará a la historia como una exhibición de la naturaleza: fuerza, talento, armonía y zapatillas de color dorado. Poco queda ya para añadir, y menos cuando todos los analistas y expertos han tenido más de 24 horas para hablar de biomecánica y de arañazos a las centésimas. ¿Pero para qué? Sí, es posible, pudiese haber corrido más rápido, apurar el cronómetro hasta el final, destruir más barreras, hacerse inalcanzable. "¿Y luego, qué hago?", pensó durante 25 metros mientras abría los brazos y se dejaba llevar.
Al terminar, él mismo explicó que cuando se vio ganador prefirió disfrutar del momento. Hasta frenarse si me apuran, para alargar el placer de ganar. Ante esta respuesta, los hedonistas del mundo no podemos sino ovacionar. Bolt ya había entrado en la historia y prefirió descartar unas centésimas de la marca perfecta -que cualquier día tiene pinta de poder recuperar, y por un buen fajo de billetes a cambio- para disfrutar de sí mismo, cual onanista convencido. "Ya me están inscribiendo en el medallero, soy más rápido que nadie, ahora déjenme tranquilo con mis cosas". La lógica es aplastante.
Dicen de Bolt que no es demasiado perfeccionista, que podría esforzarse más, cuidar detalles. Él mismo confesó haberse zampado varias raciones de aceitosos 'nuggets' de pollo en el día de la carrera a modo de plato único. Mmm, deliciosos. Créanme que la comida está siendo un problema para los atletas en la Villa Olímpica. Basta con decir que el McDonalds tiene más clientela que el comedor de deportistas.
En fin. Que ahora todo el mundo ya se dio cuenta de porqué a Usain Bolt le apodan "el rayo". Un niño de 21 años que llegó a Pekín hace quince días en clase turista -no es broma- y que ya nunca volvera a andar tranquilo. Ahora ya entró a las enciclopedias y de aquí a unos años es posible que se incorpore a las preguntas del quesito naranja del Trivial Pursuit, si todavía existen los juegos de mesa. Los humanos ya tienen un nombre y un rostro para el más rápido de todos ellos.
A todo eso, estos ojitos lo vieron en directo, gracias al regalo de un buen amigo con el que quedará una deuda eterna. Así, pude ser uno de los 91.000 degenerados presentes en el Nido de Pájaro que -oh milagro- disparó el flash de la cámara de fotos mientras aullaba incrédulo durante varios minutos, incluídos esos 9.69 segundos. Y, que quieren que les diga, moló. Moló mucho.
servido por tintachina
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13 Agosto 2008
Los días olímpicos transcurren, con más pena que gloria. Por aquí la cosa sigue igual: Michael Phelps va segundo en el medallero, sólo por detrás de un país de 1.300 millones de individuos locos por los Juegos Olímpicos. El resto del mundo se reparte las migajas.
Por otro lado, estoy feliz de anunciar que ya tomé parte en los Juegos Olímpicos. Mi modesta contribución se dio anoche en el asiento 13 de la fila 8, sección 103, puerta 104, del Estadio Olímpico del Parque de Chaoyang. Una entrada caída del cielo -del cielo de los patrocinadores, se entiende- me permitió asistir a una apasionante fase de grupos de voley-playa. No, no se trata de ironía maliciosa: el voley-playa es un deporte esforzado, en que dos humanos tienen que correr, saltar y darle a una pelota en un cuadrado de arena de considerables proporciones. Cansa sólo de imaginarlo. Además, con el calor de Pekín, también cansa sólo de verlo. Jugarlo ya es de otra galaxia. La cuestión es que a ver quien es el guapo que le dice que no a una invitación así, y más cuando eres un pobre becario sin acreditación.
El tinglado está bien montado y es curioso. Seamos claros: este deporte no es una práctica de masas en China. Los hijos de Mao tienen pocas playas y un clima escasamente propicio, excepto al sur, en la isla de Hainan, que gozan de clima tropical durante todo el año, con sus tifones y todo. Sin embargo, cosas de los Juegos, la disciplina y el hambre de gloria, ahora optan a medalla. En fin.
Jugó EEUU, Alemania e incluso a España, que ya ganaron medalla en Atenas. Son una pareja curiosa, con pinta de tipos duros, vacilones tuneros con el Seat León aparcado en la puerta, pero barrieron. También vi las favoritas brasileñas, que ganaron a Austria, ese país sin playa que participa en el voley-ídem. Lo de la globalización es tremendo. Ya lo dijo el sabio Charles Barkley, intelectual americano, hace unos años: "Ten la seguridad de que el mundo se está volviendo loco... Resulta que el mejor rapero es un tipo blanco, el mejor jugador de golf es un negro, el tipo más alto de la NBA e un chino, Suiza gana la Copa América de vela, Francia acusa a los Estados Unidos de arrogancia y Alemania no quiere ir a la guerra".
Pues eso, que la tarde de ayer fue completa. Público entregado, música hip-hop para amenizar, carteles de Coca-Cola, cheerleaders tremendas y la gente haciendo la ola: supongo que eso debe de ser la China moderna. A medio camino entre Beverly Hills y Humor Amarillo, pero lleno de hijos de Mao con pelucas de colorines bailando "Dragostea Din Tei". Y no, otra vez, no tengo fotos.
servido por tintachina
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10 Agosto 2008
Puede sonar presuntuoso, pero déjenme pasar lista: jefes de Estado y de gobierno de más de la mitad de los países de la Tierra, 10.000 atletas -los más altos, rápidos y fuertes, por tierra, agua y aire-, más de un millón de fuerzas de seguridad, 30.000 periodistas, casi 500 televisiones y el resto del mundo mirando hacia aquí.
Se hace raro, que quieren que les diga. Con lo cómodos que vivíamos siendo el culo del mundo. Me gustaría hablarles de lo bonita que está la ciudad y de lo apasionante que es vivir los JJOO en directo, pero me temo que el tema está complicado.
Haciendo unas cuentas así por encima, llevo más de cien horas trabajadas en siete días, una media que roza el esclavismo pero que, en mi mejor estilo masoquista, no me sabe mal. Con momentos enormes y con tonterías más grandes todavía, haciendo temas útiles y otros simplemente por obligación. Eso son los Juegos: un montón de cosas que pasan mientras el mundo aplaude y mira las repeticiones por la tele. Y ahora que lo pienso, yo he visto pocos Juegos por la tele.
Los dos únicos momentos de tranquilidad fueron la ceremonia de inauguración -menuda paja mental de Zhang Yimou, trote aéreo a cámara lenta de Li Ning incluído- y un partido de baloncesto entre China y USA, que ni ha sido partido ni ha sido baloncesto.
- Clase de titulares grandilocuentes (todos reales): "China explota", "El gigante que no estaba dormido" y mi favorito "Pekín ilumina a la humanidad"
Entre medias, he conocido atletas españoles, brasileños, venezolanos, cubanos y mexicanos, medallistas, príncipes, ministros, expresidentes, bebés afortunados y otra gente de esa calaña.
Esta semana, además, ha sido rica en actividades extradeportivas: una invasión militar mientras inauguraban los JJOO, unas protestas en Tiananmen, un perturbado acuchillando americanos y un par de atentados uigures en el otro lado del país. No sé si me dejo nada. Ah si, esperen. Los propios chinos disparando un millar de cohetes a su cielo para disipar las nubes del viernes. Consiguieron aplazar la lluvia hasta esta tarde, que ha decidido empezar a caer de golpe y trastabillar los calendarios previstos.
Así que, sin ser especialmente agorero, se puede adivinar que los (quizás) "mejores Juegos Olímpicos de la historia" penden de un hilo poco estable. A pesar de que se ha salvado un 'match-ball' en la apertura (¿quién no había pensado que un monje budista saltaría al campo?), la sensación es de follón latente.
Por suerte, los deportes parece que han tomado la iniciativa. Un asturiano simpático ganó un oro cuando nadie daba un duro por él y China se está disparando en el medallero y las columnas de opinión banal ya tienen el tema de la nueva superpotencia deportiva para llenar líneas. Con eso, el calor y la contaminación, ya les llega para varios días.
Además, los grandes líderes mundiales ya se van retirando: Sarkozy sólo vino para unas horas para que no tuvieran tiempo a atizarle, Putin se despidió el sábado para terminar no se qué en Osetia del Sur, Bush se va hoy después de haberse fotografiado con el equipo femenino de voley-playa y la princesa Letizia también se volvía a Mallorca a por los niños.
Por eso, el estoico grupo de extranjeros residentes en Pekín -por favor, no se nos confunda con las horas de acreditados que se pasea impunemente por las calles pekinesas estos días- confía en recuperar la normalidad poco a poco. Ya saben: añoramos volver a ser aquel país cerrado, opaco, en el que nada pasa y que sólo sale en los periódicos por la férrea dictadura y en las televisiones porque un hijo de Mao cualquiera ha batido el récord guiness en comer sopa de tortuga boca abajo mientras se afeitaba el sobaco oyendo música de Tchaikovsky.
servido por tintachina
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6 Agosto 2008
Paren máquinas: esto todavía no ha empezado. ¿De verdad? Pero si ya ha habido un atentado al noroeste de China, una manifestación cerca de Tiananmen, unas pancartas de Tíbet libre colgadas al ladito del Estadio Olímpico, otro terremoto en Sichuan, un tifón suspirando cerca de Hong Kong y un montón de cosas pequeñas que obligan a jugar al corre-corre-que-te-pillo con los taxis durante todo el día... Si todo fuera eso. Pegado al teléfono móvil: un diálogo, pongamos, inventado.
- Vengo de la Villa Olímpica y voy a la embajada de Venezuela. Después regreso al Nido para volver a la oficina cuando acabe, que me han pedido una crónica de radio desde Madrid. Llevo la grabadora, la cámara de vídeo y la cámara de fotos.
- Vale. Yo estoy en un hotel con una asociación ecologista, pero luego tengo que ir a Tiananmen que pasa la antorcha por ahí y después me acercaré al Ministerio de Exteriores porque el ministro español se reúne con el chino.
- Guay. ¿Llevas todas las acreditaciones?
- Llevo el pasaporte, la tarjeta de prensa del Gobierno y el pase del Media Center.
- Bien, pero para grabar la antorcha había que pedir otra acreditación separada.
- Sí, tranquilo, la pedí anteayer.
- Pero la de anteayer sólo valía para ayer, porque caducan a las 24 horas.
- M...
Pues eso. Que estos días Pekín parece un granja de animales. No me malinterpreten: también hay atletas, pero, a poco que sea alguien, todo el mundo -repito: todo el mundo- lleva colgando del cuello una identificación: sea periodista, deportista, diplomático, policía, traductor, voluntario o aparcacoches a tiempo parcial. Todos marcados, como los niños cuando suben a un avión, como las vacas cuando van al matadero.
Los hay que directamente fardan de ella. Las acreditaciones más codiciadas (las de color amarillo, que abren casi todas las puertas) lucen brillantes en la pechera, como un trofeo, tanto de día como de noche. Algo así como los cinturones de artes marciales: "Yo soy un tío importante porque mi plástico es amarillo. Tú eres un súbdito porque el tuyo es blanco". Así la pierdas, cabronazo.
No hace falta especificar a qué grupo pertenezco: con recordar mi condición laboral se adivina fácilmente. Ello obliga a tener que gastar cada día una cantidad ingente de tiempo en trámites burocráticos. Alguna vez ya conté lo aficionados que son los hijos de Mao a las listas interminables de papel para todo. Así que los "blancos" -nada que ver con el color de la piel, ya que la mayoría de blancos de piel son amarillos de plástico, y viceversa- andamos mendigando acreditaciones para todo.
Nadie es capaz de hacer una lista conjunta de datos. Para qué. He dado mi número de pasaporte y de tarjeta de prensa a diez organismos distintos -¡y todavía no hemos empezado!- y lo peor es que no hay ninguna certeza física que vaya a servir para entrar dónde quiero. Desde el lunes, las autoridades chinas entretienen a los periodistas con un juego novedoso: se llama "adivina la puerta por la que podrás entrar a cada sitio" y se trata de una carrera de obstáculos en la que a la meta hay un premio en forma de rueda de prensa insufrible.
Entre los mayores retos, está el superar tres cordones policiales consecutivos, eludir dos controles de metales con dos teléfonos móviles, llaves, portátil, reloj, cinturón, acreditaciones en el bolsillo, recorrer una caseta de voluntarios involuntariosamente torpes y hacerle entender al taxista que un coche de policia en una esquina no obliga a parar subitamente. Si fallas en cualquier prueba, date por muerto: no lograrás pasar.
Hablando con los recién llegados a Pekín, todos comentan lo bien organizado que está todo. "Da gusto con los chinos". De aquí a dos días les volveré a preguntar.
servido por tintachina
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